*Foto intervenida
Muerde la noche
de angustia
el alma.
Tu beso sabe a sal
grano a grano
como una siembra de amargura
en un reloj de arena
de horas eternas
y nos vamos quedando
sin tiempo
sin historia
desnudos de piel
desnudos de todo
crítica, pensamiento,mundo cultural, ensayo, producción narrativa y poesia, artes escénicas.
*Foto intervenida
Muerde la noche
de angustia
el alma.
Tu beso sabe a sal
grano a grano
como una siembra de amargura
en un reloj de arena
de horas eternas
y nos vamos quedando
sin tiempo
sin historia
desnudos de piel
desnudos de todo
Motelito aquel sin ángel,
donde nos sacábamos la
piel cansada por
el peso del trabajo
los fines de semana.
Socavón lo llamabas
porque
estaba en una
callejuela
como un acordeón
apresado
entre casas trogloditas,
donde no se sentía respirar
la vida.
Pero te gustaba me
decías,
esta aventura de los
dos,
tan secreta y clandestina
en este
motelito sin futuro.
Y después de las sábanas
empapadas,
mientras Sabina cantaba
su despecho,
en un parlante pegado al celular
(Y no halle quien de ti
Me dijera ni media palabra
Parecía como si
Me quisiera gastar el destino una broma macabra)
le preguntaba si me quería,
Y ella,
¡Nunca¡
nada me decía,
¡nunca ¡
como si no me escuchara,
silenciosamente bella,
en sus silencios de tardes de motel, bella
que ya me estaba acostumbrando,
por qué no decirlo,
a su callada manera del amor negarme
y me preguntaba,
si algún día me dice que me ama,
será que a su amor voy a acostumbrarme,
como me he acostumbrado a sus silencios
Foto intervenida
Bosteza el día en la curva del reloj
marca una hora imprecisa,
quizás de otra dimensión.
Me quedo mirando la gente que pasa,
con ojos febriles
caminan sobre sobre algodones de nubes,
y una sonrisa sin rostro se va con ella,
en su camino al vacío.
No sé si es mañana,
ayer,
hoy,
voy solo tanteando
en caminos,
rutas,
senderos que sé que he caminado,
pero mis pies no los reconocen,
y a pesar de mis ojos,
como un Edipo después de la confirmación del
vaticinio,
golpeo en las paredes,
ruedo
y desangro
*Foto intervenida
El
hombre se despertó con la horrible sensación de que su cara no era la suya. "Me desconozco",
se dijo cuando se miró en el espejo, y vio luego la mujer que estaba a su lado,
observándolo con dulzura, pero tampoco la reconoció y solo pensó en ahorcarla en
su desespero, como si ella fuera la causante de la pérdida de la memoria de su
identidad.
Sentía una angustia
tenebrante, que se la achacaba a la incertidumbre de no saber quién era , y le
creció la zozobra al no tener la certeza de que recobraría mañana su rostro, y no
persistiría en los días venideros esa sensación martillante de amanecer con una
cara ajena.Final del formulario
Foto intervenida de internet
Dijeron que no eran nuestros muertos,
en este país de muertos sin nombrar,
y eran nuestros muertos,
muchachos de barrio,
yo los vi caer
con una flor de sangre en el pecho
la esperanza rota
su protesta yerta ,
entre el tenebroso ulular de sirenas
de los carros
policiales.
Eran muchachos de barrio
de la ciudad
yo los vi caer.
Dijeron que no eran nuestros muertos,
porque nadie dio la orden oficial de
disparar,
y todos vieron las manos policías
engatilladas
restallar las balas en sus cuerpos,
antes de caer.
Eran nuestros muertos
yo los vi caer,
un nueve de septiembre negro
en una noche negra y larga
en la ciudad

*Foto intervenida
Sé que
al final vendrá la nada,
ya no importará el rostro.
será como despojarnos de la máscara de piel
con la que tantos papeles encaramos en la vida.
Cómo fingir,
esconder el odio,
el desamor
o el desdoro.
Ya no se es,
sólo se admite estar ahí,
en una nata de silencio.
La vanidades habrán perdido su oropel,
y el silencio imperará sus claves mudas,
como una sonata de calladas notas.
Quizás lo único que duela,
en la hora en que las palabras se queden sin eco,
es haber tirado los dados,
para desangrar el sueño de los otros,
matar la utopía
*Foto intervenida
Siempre había pensado que tendría que esperarla bajo el palo de almendro que franqueaba la entrada a la casa. Ella vendría por él. En los veranos el almendro hacía sombra grata, y refrescaba en esas horas de la tarde, cuando las chicharras se reventaban de cantar, en las ramas del almendro, porque el calor era insoportable. Había sido leñatero de los barcos a vapor que hace muchos años, circulaban por el río Magdalena.
En Barranquilla, cuando Puerto Colombia, no era ese lugar moribundo de e hoy, tuvo un amor, una morena sanandresana que vino con su padre a curramba a los carnavales, y se quedó en los ojos de él, y él en los de ella. El avatar los separó. Ella se cansó de vivir con él. Se fue con el primer gringo aventurero que se apareció por Barranquilla. Le dolió. Hubiera preferido que se fuera con otro, que no fuera el gringo, porque él había sido de los fundadores de la troco, cuando se aventuraron las primeras compañías petroleras, río abajo, y nació el sindicato, que tuvo que vérselas con las compañías gringas que tenían a los obreros trabajando más de ocho horas diarias.
Fue amigo de María Cano la líder
sindical, y la acompañó en varias plazas, pero más pudo su espíritu trashumante,
y se vino al interior del país, Magdalena arriba, a recalar en una casa
solariega de San Gil, enclavada en la cordillera oriental, donde conoció, el
gran amor de su vida, por los lados de Montebrujas , en una fiesta del
Corpus. Uno de esos matachines, vestido de diablo, perseguía a las mujeres
dando golpes con una vejiga de res. Ella, corrió buscando refugio y tropezó con
él, que estaba parado en la puerta de una cantina, observando el barullo, y
ella, “disculpe usted señor”; y él, “¡eche no tengas cuidado.” Y sintió ese
vaho del perfume de ella, y las ganas de besarla, que nunca había sentido con
tanto furor por mujer alguna.
Ahora estaba sentado en el taburete de
vaqueta, que arrimaba al almendro, en una duermevela al calor de los recuerdos.
Se hacía ya oscuro, y la brisa, le trajo el perfume de ella, y se acordó del
primer beso, una noche cuando hacía luna, y ella salía de misa de seis, de la
catedral. Él la acompañó por la Calle del Caracol, más arriba de la casa
arzobispal, y antes de que ella entrara a su casa, se miraron y se besaron como
siempre lo habían deseado.
Por lo mañana, los vecinos lo
encontraron, recostado en el taburete, sin vida, con la sonrisa plácida, los
ojos dulcificados, y la mirada arriba del almendro, como si alguien que
conociera lo estuviera llamando·
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