Nada se queda en su tiempo,
el pasado siempre vuelve,
cuando menos se le necesita,
para molestarnos con el cuento
de que el pretérito ha sido mejor,
como si cada tiempo no tuviera
sus propias desdichas y venturas.
Y se presenta cuando más somos felices en el amor,
con la piel de aquella mujer que se escurría
bajo el frufrú de embrujo del vestido petirrojo
cayendo en la fría baldosa del hostal o del motel más frecuentados.
A veces casi logra convencernos,
con su falacia de piel y cópulas
de repetidas secuencias de mórbida mujer,
pero nada puede
ante las sensualidades presentes
renovadas
con la razón y con la vida.
*Foto intervenida de la web
