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miércoles, 1 de febrero de 2023

INSTANTE

 






Estaba ahí,
fragmentada por un sol destellando
la extraña tarde de su rostro.
Una quietud de piedra,
en la ciudad puesta en un reloj sin horas,
hasta el aire se había detenido
en su breve espacio de cristal
y yo miraba después del beso pétreo

sus labios sin humedad,

tan yertos como los frailejones de los páramos

de mi tierra

tronchados por el frío,
en esos minutos que estuvo perdida en un limbo,
y la ciudad hundida en una burbuja neumática,
de solo silencio contenido,
imperceptibles hasta los suspiros,

el mismo dolor.
Tiempo de aves entre nubes,
como en el fresco de una extraña pintura
de alas detenidas.
Después un rayo furibundo,
partió su campana de cristal,
y, ella me devolvió el beso suspendido
en una lluvia de humedades

hecha de las ternezas
de su irreprochable salvífico amor

miércoles, 25 de enero de 2023

MISMIDAD

 







*Foto intervenida



Escuchó ruidos en el patio. Le extrañó que no ladrara el perro. Sintió nítidos -silbándole los oídos- tres disparos secos. Se levantó a tientas de la cama, y en el patio se tropezó con su propio cadáver, y la magnum aún humeante en la mano



jueves, 19 de enero de 2023

Luna de enero

 






*Foto propia


Luna de enero

abriendo los caminos de la noche.

Los habitantes de la calle con sus miserias

te esperan,

amiga de locos amantes,

asomando sus carnes desnudas,

por la ventana

de un segundo piso de motel;

de la puta de la esquina,

de huesos fríos de cristal,

siempre a la espera

de un cliente en la medianoche ;

del borracho que sale del bar

con una pena de amor,

y habla contigo,

mientras orina tras un poste,

su dolor.

Luna de enero,

ilumina la noche de los desaparecidos,

aún sus madres esperan su regreso,

dale luz a su camino,

en estas noches cuajadas

de  cocuyos y esperanza 

a pesar de tanto desamor.


domingo, 8 de enero de 2023

Abulía







*Abstracción propia



Este escozor del tiempo sin llenar,

de las tardes de domingo sin aliño,

de pieles aburridas en un motel

donde los cuerpos desnudos se apartan,

de un cine donde nada pasa,

y la muerte es una ostra aburrida

varada en la playa 

¿Cómo sobrevivir a estas horas sin matices,

cuando las ganas

la ansiedad

la rabia

han muerto igual que las olas del mar

en una playa de cenizas?



jueves, 29 de diciembre de 2022

LA MUJER DEL CALZONCITO ROJO

 







*Foto intervenida



ChavelaVargas cantaba, te vi llegar/ y sentí la presencia de un ser desconocido,la ranchera inolvidable de José Alfredo Jiménez, cuando escuché el taconeo de la mujer, que se sentó a mi lado, impertérrita en la barra del bar. Apenas la perfilaba por el rabillo del ojo, cuando pidió desde esa distancia suya que lastimaba, una cerveza Corona. No tengo, le respondió el barman, pero si no le molesta la Heineken.Y la mujer me apetece, le dice sin mirarlo, mientras enciende un cigarrillo, que extrae de su pitillera. Yo, apenas observaba como quien asiste a un ritual. Me molestaba esa manera de actuar la mujer, poniendo fronteras ante todos. Estaba a punto de irme, y buscaba unos billetes en la cartera para pagar la cuenta, cuando ella me dice, mirándome por primera vez a la cara, veo que está tomando cerveza. Déjeme brindarle una. Entonces vi sus ojos almendrados, atrapados en una piel morena de desierto y sus labios, asomando en su cara, sensitivamente gordezuelos, Me sentí turbado, Creo que así debió sentirse Ulises cuando vio la primera vez a Circe, la maga de su regreso a Ítaca-

Serían las dos de la mañana, nos habíamos tomado cada uno alrededor de catorce cervezas, cuando la policía entró al bar, y lo hizo cerrar. Uno de los policías gritó, tienen licencia hasta las doce, y son las dos de la mañana. Cierren y no les dejamos comparendo alguno. La mujer no quiso que pagara, yo invité la escucho susurrar.


Toda la noche me había pasado con las ganas de besar sus labios gordezuelos y ahora, me imaginé que ella tomaría su camino, y que yo tomaría el mío, rumbo a la soledad de mi apartaco por los lados de la albarrada que da al río.


Ya en la calle, me tomé confianza y la abracé. No miento. Ella me besó, y en un susurró, me dice, me recuerdas a un amor que tuve. Entonces le muerdo suavemente los labios, y caminamos a mi apartaco, a trancos.


Las cervezas hacían ya su efecto. Torpemente nos desnudamos, después de abrir la ventana que daba a la albarrada del río. Volví a morder sus labios, y sentí su piel quemando la mía como una esperma viva. Luego fueron fuegos artificiales.


Me levanté tarde, en eso de las diez de la mañana. La cabeza a punto de hacerme explosión. Ella no estaba. Sólo su calzoncito rojo tirado en el suelo. Lo alcé y lo colgué en la percha como mi mejor trofeo La busqué luego por toda la ciudad, y no había rastro de ella. El barman del bar donde estuvimos bebiendo, me dice que, se acuerda de mí, pero de la mujer no. Dejé de buscarla con una tristeza insondable, porque la verdad, me había enamorado de ella.


Semanas después del encuentro, leo en el periódico de la mañana que, la mujer del bar, (la foto del diario era sorprendentemente la suya), la misma que estuvo conmigo, se había tirado al río hace un año, y se había ahogado. En oficio religioso se celebraría el primer aniversario de su muerte. Entonces, observo el calzoncito rojo, colgando de la percha de mi cuarto, y un escalofrío me estremece todo el cuerpo

 

 

miércoles, 21 de diciembre de 2022

FUEGOS ARTIFICIALES

 




Foto intervenida


Creo que entraba diciembre, porque en medio de los tragos y la fiesta, todos corrieron a echar fascinados voladores en el cielo, como cometas de la noche, pero yo me quedé en la bengala de sus ojos, mientras Aute cantaba:

"¡ay! amor mío

que terriblemente absurdo es estar vivo

sin el alma de tu cuerpo sin.... tu latido

sin tu latido... "


jueves, 15 de diciembre de 2022

RÉQUIEM POR EL CONFLICTO COLOMBIANO

 

 



*Foto propia. Casa Museo Ramírez Villamizar. Pamplona (Colombia)




La casa abrió sus puertas solariegas,

y los recuerdos como amapolas  

en sus largos zaguanes,

en sus patios y solares bañados

de un sol de fuego;

de los amores bravíos,

hechos de besos húmedos de ron

y pólvora de las guerras centenarias

fueron brotando en los ¡ayes! de los hombres,

mujeres y niños

degollados a cuchillo limpio.

Historia impía la de la casa,

donde los generales ascendidos

más por la crueldad que por  gloria propia

entraban a saco volviéndolas cuarteles,

maculando  con su ballesta desflorante

de niñas aún impúberes, sus cuartos.

Altar del sacrificio de jóvenes y ancianos

torturados al destace

y sus cabezas desgajadas

rodando en el fragor de las botas,

como pelotas de fútbol,

justificando el crimen

“es que están contra nosotros 

y el poder somos nosotros”.

 Una mujer hecha arrugas de sufrimiento,

sentada en su taburete de vaqueta,

en uno de los cuartos,

recuerda en una especie de oración

a los que trasponen el umbral de la casa:
“este es un último vestigio,

a donde pudimos llegar las víctimas.

Los hombres me machetearon sin sonrojo,

rodando loma abajo  

como un pedrusco que se salva.

Alguien tenía que vivir para contar la historia”

Adentro de los cuartos un bisbiseo

de letanía fúnebre se esparce por el aire.

Vendrá la noche en el olor de los almendros,

y los espacios de la casa se llenarán de la

sombra de sus muertos