*Foto intervenida
Cuántas veces nos asomamos a la ventana de la vida,
sin miedo a la hostilidad de las horas,
para construir los sueños,
como quien pega ladrillo a ladrillo las paredes de la casa.
crítica, pensamiento,mundo cultural, ensayo, producción narrativa y poesia, artes escénicas.
*Foto intervenida
Cuántas veces nos asomamos a la ventana de la vida,
sin miedo a la hostilidad de las horas,
para construir los sueños,
como quien pega ladrillo a ladrillo las paredes de la casa.
+Foto de la web.
Alguna vez podrá el tiempo sanar las heridas
alas rotas como las velas de un barco viejo,
*Foto del álbum familiar
De niño lo veía
enfundarse los domingos en sus zapatos de cuero, brillantes como una charola,
sus pantalones de tirantes que le realzaban la línea de los pliegues, la camisa
blanca almidonada, la corbata de cuadritos, y el saco que le planchaban con
amor, las manos esmeradas de mi mamá.
Adoraba los domingos,
porque mi papá, en ese pueblo de piedra donde vivíamos (Barichara), no nos
asustaba con el cuento de que, a los niños callejeros, se los robaban los
fantasmas de los indios guanes o el “calingas", un viejito baldado,
que cargaba en un costal viejo, todo el
mugre del pueblo para su casa, y nos llevaba donde Crisanta la vecina (tenía
una tienda esquinera) a beber el masato más sabroso del mundo. Luego cogía
calle abajo, por lo lados de la casa cural y la catedral donde vivíamos, en
busca del único billar del pueblo, en la plaza principal.
ESe era el papá que me
gustaba, y siempre me gustó. No el de la cara adusta, severa de secretario de
alcaldía que se ponía cuando entraba a la oficina, por los pueblos donde anduvo
ganándose el pan, leyendo montones de papeles de demandas, memoriales, sumarios
e infolios. Aunque ahora comprendo que, en un despacho público, donde tenían
que dirimir algunos problemas civiles, penales y administrativos, que, en esos
tiempos, no trataban los jueces, y la ley los dejaba en manos de los alcaldes,
para que los resolvieran y estos por ignorancia supina, se los chutaban a sus
secretarios, no era extraño que me dijera una señora, alguna vez, en una
serenata, ya subida de tragos, "su papá en la oficina era un revólver,
pero por fuera relindo. ¡Cómo cantaba!
Yo me quedo (y mis
hermanas también) con el papá, que se quitaba las arrugas de autoridad,
desfruncía el ceño, descolgaba el tiple, y calentando la voz con la gravedad de
un Facundo Cabral, se conjuntaba con Expedito Santos y su guitarra, para cantar
a dúo, ese bambuco telúrico de José A. Morales, El delantal de la china, o ese
bolero inmortal, que puso en boga, el Trío Los Panchos: Cosas como tú.
¡Viejo!, ahora sé de
dónde me vienen esas ganas de cantar recio y de siempre, o las de mis hermanas
cuando las coge el trago y la nostalgia
Ha vuelto
la mirada.
Atrás no queda nada,
hay que
empezar a construir
de nuevo,
para que la
vida vuelva
a tener
razón,
en palabras
justas,
pero
nuevas,
en palabras
capaces de hacer entender
el error y
corregirlo;
en palabras
que escuchen,
y se dejen
escuchar,
como el
beso que va y viene
abriéndose
al amor
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