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miércoles, 11 de mayo de 2022

ESA ERA MI MADRE





° Foto recuperada de baúles de recuerdos



Ella era como todas las madres,

con sus defectos y bondades

y así la quería.

Para qué idealizarla.

Sería como ponerle una cara

que no era la suya;

y a mi me gustaba como era

esa mamá de carne y hueso,

con sus sueños y pasiones enhiestas  

a la mirada del día para no desfallecer

en las estrecheces de apretar lo del pan diario;

y su cantaleta impajaritable

de radio mal sintonizado

para que fuéramos  buenos hijos.

Cuando la invadía la nostalgia

por su tierra banqueña,

se sentaba a cantarnos con mi papá al tiple,

en su voz de dulce mezzosoprano,

boleros que ella aprendió de niña

de los sextetos cubanos,

que aguas arriba del  río Magdalena

subían de Barranquilla  en los barcos de vapor

camino de Honda,

y hacían una parada en El Banco,

su tierra de duendes y brujas,

su tierra de  La  Llorona loca,

su tierra cuna de José  Barros  

compositor de la cumbia legendaria

La piragua.

¡Esa era mi madre!

 

 

domingo, 23 de agosto de 2020

Bajo el almendro




*Foto intervenida



Siempre había pensado que tendría que esperarla bajo el palo de almendro que franqueaba la entrada a la casa. Ella vendría por él. En los veranos el almendro hacía sombra grata, y refrescaba en esas horas de la tarde, cuando las chicharras se reventaban de cantar, en las ramas del almendro, porque el calor era insoportable. Había sido leñatero de los barcos a vapor que hace muchos años, circulaban por el río Magdalena.

En Barranquilla, cuando Puerto Colombia, no era ese lugar moribundo de e hoy, tuvo un amor, una morena sanandresana que vino con su padre a curramba a los carnavales, y se quedó en los ojos de él, y él en los de ella. El avatar los separó. Ella se cansó de vivir con él. Se fue con el primer gringo aventurero que se apareció por Barranquilla. Le dolió. Hubiera preferido que se fuera con otro, que no fuera el gringo, porque él había sido de los fundadores de la troco, cuando se aventuraron las primeras compañías petroleras, río abajo, y nació el sindicato, que tuvo que vérselas con las compañías gringas que tenían a los obreros trabajando más de ocho horas diarias. 


Fue amigo de María Cano la líder sindical, y la acompañó en varias plazas, pero más pudo su espíritu trashumante, y se vino al interior del país, Magdalena arriba, a recalar en una casa solariega de San Gil, enclavada en la cordillera oriental, donde conoció, el gran amor de su vida, por los lados de Montebrujas , en una fiesta del Corpus. Uno de esos matachines, vestido de diablo, perseguía a las mujeres dando golpes con una vejiga de res. Ella, corrió buscando refugio y tropezó con él, que estaba parado en la puerta de una cantina, observando el barullo, y ella, “disculpe usted señor”; y él, “¡eche no tengas cuidado.” Y sintió ese vaho del perfume de ella, y las ganas de besarla, que nunca había sentido con tanto furor por mujer alguna.

Ahora estaba sentado en el taburete de vaqueta, que arrimaba al almendro, en una duermevela al calor de los recuerdos. Se hacía ya oscuro, y la brisa, le trajo el perfume de ella, y se acordó del primer beso, una noche cuando hacía luna, y ella salía de misa de seis, de la catedral. Él la acompañó por la Calle del Caracol, más arriba de la casa arzobispal, y antes de que ella entrara a su casa, se miraron y se besaron como siempre lo habían deseado.

Por lo mañana, los vecinos lo encontraron, recostado en el taburete, sin vida, con la sonrisa plácida, los ojos dulcificados, y la mirada arriba del almendro, como si alguien que conociera lo estuviera llamando·