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jueves, 6 de octubre de 2011

Mítica

Sintió el chapoteo de las botas en los charcos que había dejado, entrada la tarde, la lluvia en las losas del ancho callejón. Miró con sigilo por los huecos de la cortina, que a propósito había agujerado con una colilla encendida de cigarrillos Pielroja. Vio a los hombres de uniforme pegarse a la pared de la casa, como lapas. Se palpó la pistola en el cinto, pero pensó que era un suicidio enfrentarlos. Corrió al patio de los geranios, mientras los de afuera, abrían el portón de entrada al caserón, a punta de metralla. Se abrió camino por un sendero que llevaba a un solar poblado de limoneros, y de un salto felino alcanzó el borde del paredón, y saltó a la calle, cayendo como sabía hacerlo en puntillas, felino humano, y emprender una carrera veloz, por el laberinto de pasajes amplios, que habían construído los turcos, para levantar su mercado de toldos y tenderetes, mientras las balas le silbaban en montonera, y él no sabía si estaba vivo o muerto pues un miedo cerval, no lo dejaba pensar.


Una mujer, en ese dédalo de pasajes, lo agarró con fuerza animal, y lo metió en su casa, cuando los de uniforme, estaban a punta de darle cacería. La mujer de ojos como el mar, pelo de trigo, boca carnal, como buena anfitriona, ha satisfecho su sed, y le ha dado de comer con generosidad, y en las noches frías, ha arrimado su piel a la suya, dejando que él le abra las piernas, y entre en ella, cuantas veces quiera, animal o tiernamente. El hombre está feliz, pero extraña a los suyos, aquellas montañas, a donde un día se citaron a pelear el pan para todos, y juraron sobre el latir de sus emocionados corazones, tumbar al tirano. Y puede más el deber. Por eso ha intentado fugarse varias veces del lugar , pero se le hace raro, que cada vez que amaga escaparse, la casa parece girar, escondiendo en cada una de sus vueltas, la puerta que da a la calle




miércoles, 28 de septiembre de 2011

Ella

             Ella

Ella sabe a litoral.



En su piel


el sol,


la arena,


y el mar.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Erótica del ascensor









Habían acordado encontrarse, en eso de las diez la mañana, hora muerta, en el antiguo centro comercial, La Alquería, que quedaba al norte de la ciudad. Esperarían, cerca al ascensor del ala izquierda, que conducía a las salas de cine, en el cuarto y quinto piso, y a una terraza-bar del sexto. Lo habían estudiado todo, sin dejar detalle alguno.
A esa hora no había movimiento fluido de gente en el sector. Ella, opinaba, que el ascensor les caía como anillo al dedo. Era perfecto para la fantasía que aún les quedaba por satisfacer, entre las tantas aventuras eróticas vividas, desde que se conocieron en una lunada, y él con su gitarra y las canciones de Serrat, la mujer que yo quiero no necesita, boleros de Manzanero, esta tarde vi  llover...vi gente correr, y trova de  Milanés, de qué callada manera...se me adentra... le pellizcó el corazón. y unas ganas indecibles de irse con él a la cama.  
En la noche, él no logró conciliar el sueño. Siempre le pasaba lo mismo, la víspera de cada aventura. Su imaginación se enfebrecía, y un desasosiego porque llegara el momento, lo invadía de manera inclemente. Al fin, pudo quedarse dormido, en un sueño apacible, casi cercano al canto de gallos.
A las diez, ella de chaleco y faldas, él de bluyín y chaqueta de cuero, abordaron el ascensor, programándolo sin paradas en los pisos, directo a la terraza. Adentro de la caja, ella sintió un frío grato, que le entraba faldas arriba, y se acordó que no llevaba panties. Él besándola hasta el ahogo, la abrazó y dejó caer sus manos como zarpas en sus nalgas rotundas . Ella sintió cómo se le erguía el sexo bajo la bragueta, , mientras el ascensor ascendía, y la temperatura de sus cuerpos se tornaba en una hoguera. Fueron subiendo, sin la noción del tiempo y el espacio, en una nata espesa de placer. Pero les extraña, que el ascensor no haya parado en el último piso, el de la terraza-bar, y les angustia esa sensación de ingravidez, como si la caja del ascensor en la cual hacen el amor, flotara en un vacío sin término ni confín.









sábado, 10 de septiembre de 2011

Noche

Siento ecos de silencio en la noche,
duerme con sueños de estrellas,
en el cielo despejado
como tu frente cuando el aire
se queda en tus cabellos,
y me miras desde tus ojos de cristal,
sin perder el asombro por el beso
que resbalo en tu boca.
Esta noche no hay cantos,
duerme al arrullo mudo
de una luna hechiza
que se limpia la cara en un lago
quieto,
lágrima congelada en la sabana,
como tù,
extendida en la desnudez de tu cuerpo
y de tus sueños,
vuelta suspiros  dentro del  alma,
mientras te miro en la serenidad de tu piel
aperturada al deseo,
como una flor de pétalos abiertos,
a la seducción de esta noche muda
en sus abisales silencios

sábado, 3 de septiembre de 2011

Astilla




          Astilla

La luna cortó
de un tajo cardúmenes de estrellas,
y se encendieron sus ojos,
relámpagos en la noche.
Se abrió su boca
manzana de deseo,
y fuimos beso ardido
que astilla los labios



viernes, 26 de agosto de 2011

De destierros y abandonos

Había vuelto después de darle tantas vueltas a la vida. Sólo de parada en cualquier esquina de su errancia, sin ganas de arraigar en ninguna parte, con ese dolor adentro por la tierra que se deja, porque puede más el miedo a la muerte, que la querencia por los lodos que le dieron sentido a la existencia, en los surcos abiertos y sembrados de semillas, pan de mañana. Esos mismos lodos  que levantaron la casa, paredes de gruesas tapias, corredores espaciosos,  habitaciones vastas, patios abiertos al sol, la lluvia, la noche y las estrellas; albergue de amor en la penumbra, en esos! ayes¡ desmayados de cópulas tiernas y rabiosas de sus mayores; solaz de niños, jugando a las escondidas en sus inmensos cuartos, que la enfebrecida imaginación infantil, poblaba de fantasmas; asiento de los amores primerizos, de besos subrepticios, de entregas de premura, en la aprensión de ser sorprendidos, en el momento del espasmo mayor, cuando se desbordan las aguas represadas.
Ahora había vuelto, con los recuerdos intactos de la última vez, cuando los hombres embozados, entraron sin aviso en la casa, y fueron matando sin piedad, a los niños, jóvenes y viejos, y violado a la mujeres, a pesar de las súplicas. Ella, que había salido al patio de atrás de la casa, para callar a los perros, que no la dejaban dormir esa noche, cuando estalló la plomacera, saltó como una liebre al camino que daba al pueblo. Tenía quince años, y no entendía la razón de la muerte de los suyos. Después lo supo, cuando en su transhumancia se cruzó con otros desterrados: querían la tierra.
Cuando salió huyendo, en medio del huequito que le dejaba el miedo en la mente para pensar, razonó que en esa casa estaba su historia, y que al abandonarla, se quedaba sin rostro, como mirarse en un espejo y no verse. Ahora, había vuelto, y en medio de la ruina de sus paredes, los muebles abatidos por el tiempo, y los patios enmontados por la maleza, sintió que como la casa su corazón eran grietas y muñones de tapias donde crecían la lama y la hierba del abandono.

sábado, 20 de agosto de 2011

Angustia





Angustia



La tarde,
nubes plomizas.
El sol ha huído tras agónicos rayos,
los caracolíes han abatido sus ramas,
no hay brisa, ni vuelo de pájaros,
en el pecho una angustia indescifrable,
los niños que siempre jugaban con una pelota de trapo,
se han sentado en la esquina de la polvorienta calle,
a mirar sin ver.
La gente pareciera en esta tarde no tener rostro,
ni un gesto de saludo a pesar de las intimidades
que atan;
se han volcado en su angustia,
solo ven adentro,
se miran en un espejo interior,
que alucina,
hecho de filamentos, bulbos, sargazos
y algas engomadas.
¿Cómo volver la mirada, a ese mundo,
donde no acude la angustia
ni el dolor?