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domingo, 2 de agosto de 2020

La hora de las moscas













No había pájaros
menos nidos
solo una mueca de
dolor,
el dolor de la herida
grieta abierta
adentro del alma
sangrante
como un ojo derretido.
El silencio oraba
en el bisbiseo de las moscas
y las bocas
sin labios
perdieron la noción del beso.
Y los brazos cercenados
la razón del afecto
y el abrazo.
Bisbisean las moscas
el silencio
en la hora de los muertos
insepultos.



* A esos muertos de las masacres que vuelven a mi país

*Ilustración propia


miércoles, 22 de julio de 2020

CANTATA DE VIDA





Foto intervenida



Aún estoy aquí

levantando las banderas

bajo un cielo gris.

Besaré tu pelo de trigo,

y en cada beso tuyo

volará una paloma blanca

de esperanza,

abriendo sus alas

de luz a la cerrazón del día.

¡Cuánto! alivian las heridas del alma

tus suspiros

¡Cuánto! alientan   batallar

contra los caballos negros,

que cortan la respiración,

y desvanecen la vida.

Sé que habrá una estrella

victoria iluminada

en el trigal de tus cabellos,

cuando tu beso sea mi beso, y

y mi beso tu beso

y el beso tuyo

el beso de todos

como cantata coral,

unísona,

ganándole a la muerte


martes, 7 de julio de 2020

Esa manía mía











*Foto intervenida



Si le digo que la olvido
es como hacerle trampas
al aire,
al agua,
al poema,
al whisky
a los zapatos viejos, 
a las ganas de hacer de mis versos
canciones,
que me recuerdan que aún vivo
!Esa manía mía de vivir sin ella
pero siempre en ella¡

viernes, 26 de junio de 2020

Una extraña mujer anda por el patio






Foto intervenida

No la sentí llegar, por la modorra que me había causado la tercera botella de aguardiente. Cuando el aguardiente se me hace dulzón, sé que estoy a punto de emborracharme, entonces me levanté de la mesa, a pesar de los ruegos de los amigos para que me quedara otro rato, pagué la ronda, y me aventuré calle abajo, a pesar del peligro que entrañaba transitar la Calle de las alcahuetas, a esa hora de la noche, de alta densidad de malandrines entrenados en  el raponeo de carteras, el cuchillo en la espalda, y no haga movimientos raros, hermano, porque le corto hasta el alma, en medio de los ventorrillos a lado y lado de la vía, y la hedentina de orines revenidos.

Una puta, a la que llamaban la cremallera, tenía en la mejilla izquierda una cicatriz larga y cosida tan burdamente, que le quedaron las huellas de la sutura como un cierre, me acompañó hasta uno de los caserones de la ciudad histórica, donde vivía.  ¡Doctor No es hora de andar por estos lugares tan peligrosos, en semejante borrachera ¡.

Era fuerte, y bonita a pesar de la cicatriz. Le había hecho un favor que me agradecía hondamente. Tenía un niño, al cual le bajé la fiebre una noche que llegó al hospital sin un peso, y el niño delirando: la gastroenteritis lo estaba matando. Se la combatí, por nada, por humanidad. Ni siquiera acepté su gratitud de una noche de cama. Me ayudó a entrar al cuarto, que tenía puerta a la calle, y se fue luego con la noche, que empezaba a ventear un frío glacial.

En la cama todo empezó a darme vueltas, hasta caer en un abismo de remolinos, y flotar, luego, en una nata de silencio. Sé que es una mujer, la que está aquí. Tiene los ojos almendrados, y me llama, para que la siga por los zaguanes del patio de geranios, nomeolvides, y begonias. La sigo como si levitara, pero lo más extraño, que no escuche el griterío de los grillos en el patio, y al mirarme en el alto espejo que cuelga encima del lavamanos, no me devuelva la imagen de mi cara




jueves, 18 de junio de 2020

Escritura







*Foto de internet intervenida


En esta noche cargada 
de silencios
soledades
y  aromas  
de su piel excitada,
escribiré en su espalda,
el mejor de mis poemas:
no sólo te quiero,
te deseo

martes, 9 de junio de 2020

La noche huele a tus cabellos






*Foto propia

Se ha callado la música,
"¡ay! amor mío que terriblemente es estar vivo
Sin tu latido, sin tu latido”
y llueve en la ciudad vieja,
en un chancleteo de gotas de agua sobre el tejado,
como si fueran la tristeza misma
¡Ay! estas noches que callan su boca
abriéndose sus calles al silencio,   
silencio que muerde el alma,
en un abanico de soledad
como si la vida no respirara
adentro de las casas viejas  
Y este costado de mi cuerpo
que se duele,
herida del alma
a la espera después de la lluvia,
de la brisa salvífica
que trae el olor a limonero de tus cabellos

domingo, 31 de mayo de 2020

De amores imposibles







Creo que Heredia cantaba, en la pantalla grande del bar," Ay fogata de amor y luna, razón de mi vida", y sentados en la barra, nos habíamos puestos nostálgicos, trayendo a cuento viejos amores, cuando Alfonso, se quedó mirándome y me dijo, que me iba a parecer ridículo, lo que me iba a contar:
-Estoy enamorado de una violonchelista alemana
-Pero, si no te gusta la música de cámara- le respondí, y él pareció no escucharme
-La vi tocando por pura casualidad, su violonchelo en Film & Arts, y me enamoré perdidamente de ella. Es una muñeca, mi Anette Eisenhauer. Si le vieras la piel. Blanca como el algodón
-Las cámaras mienten. ¡Qué sé yo¡ En televisión se usan muchos trucos para mejorar el aspecto de las personas.
Sin embargo, Alfonso, había puesto una barrera a mis comentarios, y tuve que esperar a que él mismo saliera de su delirio, hasta que me preguntó, que si yo no había tenido amores imposibles. Le dije que no. Realmente, le mentí. Sí había vivido la experiencia algo similar, pero no como su amor limpio por la violonchelista teutona. Había sido un amor erógeno, por una diva del cine: Marilyn Monroe, la que le cantó en la Casa Blanca, al presidente Kennedy, con voz sensual, “Happy birthday to you / Happy birthday to you / Happy birthday Mr President / Happy birthday to you /  Thanks, Mr President"; aquella que en su película, Níágara, entrado ya en la pubertad, me templó por primera vez, la bragueta de los calzoncillos, en el teatro Mogador; la misma que me llevó a entronizarla, encima de la cabecera de mi cama, en el póster clásico donde el aire le sube la falda, tentadoramente, y ella trata con una  lasciva ingenuidad, de bajarla con sus manos.
Sí. La misma que un día le dio la ventolera de casarse con el dramaturgo Arthur Miller, el de La muerte de un viajante, y me entraron unos celos podridos, que no tuve más remedio que bajar su póster, de encima de la cabecera de la cabecera de la cama, y abandonarlo en un viejo baúl, en el cuarto de los trebejos. Pero puede suceder, que después de tantos años abra de nuevo el baúl para mirar el póster de la Monroe, y ya no me mate el deseo sino la nostalgia

*Foto intervenida