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martes, 25 de julio de 2023

La calle de las alcahuetas

 

 




 


 No la sentí llegar, por la modorra que me había causado la tercera botella de aguardiente. Cuando el aguardiente se me hace dulzón, sé que estoy a punto de emborracharme; entonces me levanté de la mesa, a pesar de los ruegos de los amigos para que, me quedara otro rato; pagué la ronda, y me aventuré calle abajo, a pesar del peligro que entrañaba transitar La Calle de las alcahuetas, a esa hora de la noche, de alta densidad de malandrines entrenados para el raponeo de carteras, el cuchillo en la espalda, y no haga movimientos raros, hermano, porque le corto hasta el alma, en medio de los ventorrillos a lado y lado de la vía, y la hedentina de orines revenidos.

 Una puta, a la que llamaban la cremallera, tenía en la mejilla izquierda una cicatriz larga y cosida tan burdamente, que le quedaron las huellas de la sutura como si fuera un sierre, me acompañó hasta uno de los caserones de la ciudad histórica, donde vivía !Doctor! no es hora de andar por estos lugares tan peligrosos, en semejante  borrachera.

 Era fuerte, y bonita a pesar de la cicatriz en la cara. Le había hecho un favor que me agradecía hondamente. Tenía un niño, al cual le bajé la fiebre una noche que llegó al hospital sin un peso, y el niño delirando: la gastroenteritis lo estaba matando. Se la combatí, por nada, por humanidad. Ni siquiera acepté su gratitud de una noche de cama. Me ayudó a entrar al cuarto, que tenía puerta a la calle, y se fue luego con la noche que, empezaba a ventear un frío  glacial.

 En la cama todo empezó a darme vueltas, hasta caer en un abismo de remolinos, y flotar, luego, en una nata de silencio. Sé que es una mujer, la que está aquí. Tiene los ojos almendrados, y me llama, para que la siga por los zaguanes del patio de geranios, nomeolvides, y begonias. La sigo como si levitara, pero lo más extraño es que, no escuche el griterío de los grillos en el patio, y que al mirarme en el alto espejo que cuelga encima del lavamanos, este no me devuelva la imagen de mi cara 

 


Imagen intervenida





viernes, 26 de junio de 2020

Una extraña mujer anda por el patio






Foto intervenida

No la sentí llegar, por la modorra que me había causado la tercera botella de aguardiente. Cuando el aguardiente se me hace dulzón, sé que estoy a punto de emborracharme, entonces me levanté de la mesa, a pesar de los ruegos de los amigos para que me quedara otro rato, pagué la ronda, y me aventuré calle abajo, a pesar del peligro que entrañaba transitar la Calle de las alcahuetas, a esa hora de la noche, de alta densidad de malandrines entrenados en  el raponeo de carteras, el cuchillo en la espalda, y no haga movimientos raros, hermano, porque le corto hasta el alma, en medio de los ventorrillos a lado y lado de la vía, y la hedentina de orines revenidos.

Una puta, a la que llamaban la cremallera, tenía en la mejilla izquierda una cicatriz larga y cosida tan burdamente, que le quedaron las huellas de la sutura como un cierre, me acompañó hasta uno de los caserones de la ciudad histórica, donde vivía.  ¡Doctor No es hora de andar por estos lugares tan peligrosos, en semejante borrachera ¡.

Era fuerte, y bonita a pesar de la cicatriz. Le había hecho un favor que me agradecía hondamente. Tenía un niño, al cual le bajé la fiebre una noche que llegó al hospital sin un peso, y el niño delirando: la gastroenteritis lo estaba matando. Se la combatí, por nada, por humanidad. Ni siquiera acepté su gratitud de una noche de cama. Me ayudó a entrar al cuarto, que tenía puerta a la calle, y se fue luego con la noche, que empezaba a ventear un frío glacial.

En la cama todo empezó a darme vueltas, hasta caer en un abismo de remolinos, y flotar, luego, en una nata de silencio. Sé que es una mujer, la que está aquí. Tiene los ojos almendrados, y me llama, para que la siga por los zaguanes del patio de geranios, nomeolvides, y begonias. La sigo como si levitara, pero lo más extraño, que no escuche el griterío de los grillos en el patio, y al mirarme en el alto espejo que cuelga encima del lavamanos, no me devuelva la imagen de mi cara




martes, 18 de junio de 2013

Homónimo

Cuando se levantó, !qué guayabo del putas¡, eran las diez de la mañana en el radio-reloj de la mesita de noche. Le dolía la cabeza como si miles de brocas le tenebraran el cerebro, voy a enloquecer. Fue al baño y se lavó la boca. Le sabía a cobre, !no joda¡, no vuelvo a tomar cerveza. Sintió el estómago vacío. A esa hora del sábado su mujer estaría haciendo el mercado de la semana. Tengo un hambre de náufrago, fue a la mesa del comedor, y su mujer le había dejado servido el desayuno de tostadas con harto jugo de naranja, y el periódico doblado sobre una de las sillas. Se echó a la boca una tostada, y la pasó con un trago largo de jugo que bebió directamente de la jarra. Desplegó el periódico sobre la mesa del comedor, y se quedó estupefacto cuando leyó la noticia de su propia muerte. Debo estar muerto, el hombre del periódico tenía su misma profesión, contador, y le gustaban como él, el fútbol y los crucigramas. Pero, lo que nunca llegó a saber del hombre del periódico, antes de que le diera la punzada en el pecho que le reventó el corazón en mil pedazos, es que ese hombre era su homónimo.