*Foto de la web
La tarde huele a ti,
a naranjo en flor,
en la brisa que levanta alas
en las hojas de las ceibas
y los caracolíes.
Más tarde lloverá,
y la lluvia caerá sobre los tejados,
inundando los patios
de la casa
como si llorara tu ausencia
crítica, pensamiento,mundo cultural, ensayo, producción narrativa y poesia, artes escénicas.
*Foto de la web
La tarde huele a ti,
a naranjo en flor,
en la brisa que levanta alas
en las hojas de las ceibas
y los caracolíes.
Más tarde lloverá,
y la lluvia caerá sobre los tejados,
inundando los patios
de la casa
como si llorara tu ausencia
Con cuántas lunas erró los caminos,
y sintió golpear su corazón
con la fuerza de las patas de los
caballos,
al borde del abismo
Cuántas veces unos besos y el licor,
pusieron la vida en la orilla de la
navaja afilada
de la muerte.
Tiró tantas veces los dados como un
Sergio Stepansky*,
en su camino por la curva del orbe,
cantando con Cabral, "y ser feliz
es mi color de identidad",
Tantas veces se dolió de los niños
matando el hambre con sopas de papel,
y alegrándose con los hombres,
que derribaban las estatuas de los falsos héroes,
cagadas por los pájaros
en pueblos polvorientos.
Con una guitarra por fusil,
unos versos en la aljaba,
y una botella de ron,
va andando su libertad hasta que la
consuma
el polvo de los caminos
*Personaje liminar de la poesía del poeta colombiano, León de Greiff
°Fotografía intervenida
*Foto propia intervenida
De niño lo veía enfundarse los domingos en sus zapatos de cuero, brillantes como una charola, sus pantalones de tirantes que le realzaban la línea de los pliegues, la camisa blanca almidonada, la corbata de cuadritos, y el saco que le planchaban con amor, las manos esmeradas de mi mamá.
Adoraba los domingos, porque mi papá, en ese pueblo
de piedra donde vivíamos, no nos asustaba como todos los papás del pueblo con el cuento de que a los niños
callejeros, se los robaban los fantasmas de los indios guanes o el
"calingas", un viejito baldado, que cargaba en un costal viejo, todo
el mugre del pueblo para su casa, y nos llevaba donde Crisanta la vecina (tenía
una tienda esquinera) a beber el masato más sabroso del mundo. Luego cogía
calle abajo, por lo lados de la casa cural y la catedral - cercanas a donde vivíamos- en
busca del único billar del pueblo, en la plaza principal.
Ese era el papá que me gustaba, y bueno, siempre me gustó.
No el de la cara adusta, severa de secretario de alcaldía que se ponía cuando
entraba a la oficina, por los pueblo donde anduvo ganándose el pan, leyendo
montones de papeles de demandas, memoriales, sumarios e infolios. Aunque ahora
comprendo, que en un despacho público, donde tenían que dirimir algunos
problemas civiles, penales y administrativos, que en esos tiempos, no trataban
los jueces, y la ley los dejaba en manos de los alcaldes, para que los
resolvieran, estos por ignorancia supina, se los chutaran a sus secretarios; y no era extraño que me dijera una señora, alguna vez, en una serenata, ya subida
de tragos, "su papá en la oficina era un revólver, pero por fuera relindo.
¡Cómo cantaba¡.
Yo me quedo (y mis hermanas también) con el papá,
que se quitaba las arrugas de autoridad, desfruncía el ceño, descolgaba el
tiple, y calentando la voz con la gravedad de un Facundo Cabral, se conjuntaba
con Expedito Santos y su guitarra, para cantar a dúo, ese bambuco telúrico de
José A. Morales, "El delantal de la china,!" o el bolero inmortal, que puso en
boga, el Trío Los Panchos: "Cosas como tú."
*Foto intervenida
Se puso el antifaz,
y supo que ya tenía máscara:
la de los fingimientos diarios porque
la verdad duele,
la de las poses tanteadas al caminar
para ganar adeptos
la del amor actuado para que digan que
cortés
y buen amante es.
Se va por la vida con el camuflaje de
las palabras,
lengua de culebra mapaná que engaña,
Alguien grita desde otra orilla de la
vida
que ama la verdad,
su verdad con gesto de comedia,
o de trágica mascarada
donde se anuncia la vida,
y la muerte decapita las cabezas del
convite
Cómo creer en el otro,
si el otro dejó de ser diferente
y hoy cercena las palabras
en los libros;
amordaza las cuerdas de una guitarra
que canta libertad,
y le pone en las manos fusiles a los
niños
para que ametrallen desde su inocencia
la vida,
como si ya no tuviera suficientes
muertes la vida

Foto propia intervenida
Husmear en las grietas de la ciudad
si envejece la piel.
Ver como cae el zócalo del viejo teatro
a donde los novios buscaban los palcos
para reencontrarse en sus bocas
ansiosas,
en sus manos apretadas de deseo
cuando se apagaban las luces.
Mirar cómo la ciudad ha perdido su
rostro,
en el derrumbe de las viejas casas,
aquellas que hablaban del amor a la
madera
en las puertas
taraceadas por viejos artesanos.
La ciudad se fue quedando sin indicios
de su historia,
aquellos monumentos que hablaban de
ella,
los deshabita el recuerdo.
La ciudad de ahora no habla, híbrida de
modas,
de arquitectura moderna vacía, monólogo
de edificaciones,
calles donde nadie se entiende, cada
uno es un mundo,
y si hay lenguaje el del arma afilada,
(“bájese del"billo,
hermano")
o el "fierro” que
escupe la muerte,
("de algo hay que vivir, parce,
así sea
matando")
Tampoco
nada queda del sendero aquel
camino del salto de agua que, caía
hecha espuma,
sobre nuestros cuerpos desnudos
liberando el deseo
de las ataduras del pecado.
Hasta el pecado dejó de ser pecado
*Foto intervenida
Ha vuelto a llover.
Ya sentía nostalgia de la lluvia
como un buen amor que se distancia.
Sus gotas cayendo sobre el tejado,
aplacan el incendio del alma,
sofocada por el verano.
Es más de medianoche,
Y en mis oídos de pertinaz insomne,
golpean sus yunques,
las notas de un saxo en la radio.
Es Charlie Parker,
tocando como los ángeles
blues para mí,
mientras llueve
*Foto intervenida
Quise decirte que a pesar del crudo verano,
los pájaros aún bajan a beber en el patio,
el agua que escurre de las macetas de geranios,
claveles y siemprevivas.
Quise decirte que a pesar del calor que ahoga el alma,
de vez en cuando corre una brisa
peinando la montaña
olorosa a matarratones,
arrayanes a menta fresca
Quise decirte que en esta ciudad
donde han muerto los espejos,
de vez en cuando me miro en los ojos
de una cara conocida,
y somos una felicidad perdida.
Cómo decirte tantas cosas,
que quisiera decirte,
sí ahí donde estás
no te llega el eco de mis palabras,
y eres sólo una sombra
una sombra perdida
entre las sombras
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