No sé si me extrañas
No sé si me extrañas,
aquí el viento es el olor de tu piel enfebrecida;
de las horas compartidas,
en aquel cuartito oscuro.
No sé si me extrañas,
pero aquí todo te nombra,
hasta el desorden de las sábanas,
como si nunca te hubieras ido,
y anduvieras desnuda, como solías hacerlo
por esos espacios que ahora te reclaman
miércoles, 13 de julio de 2011
sábado, 9 de julio de 2011
Facundo, donde estés

Facundo, donde estés:
sé que Magdalena trenzas largas,
tiene sus ojos negros encharcados de lágrimas y nostalgia
acordándose de cuando gritabas su nombre,
y la hacías sentir reina del mundo.
Pedro Mendizábal, aquel que lo hacía todo,
y aprendió lo suficiente, pa' tener lo necesario,
dejará limpia la vieja iglesia del pueblo,
donde en tu funeral digan misa,
y recen tres rosarios.
La guitarra de aquellos marineros,
que lo incendiaban todo,
cantará milongas como pandongas de fiesta lanzadas
en el camino de los vientos,
y ya de noche,
en la enseña tuya de la felicidad,
como color de identidad,
miraré las estrellas con la María en el trigal,
donde andarás cuajando de versos y canciones
la noche de los cielos.
*La letra cursiva, pertenece a textos de las canciones de Facundo Cabral
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martes, 5 de julio de 2011
Levanto la bandera

Levanto la bandera,
por la voz antigua de estas tierras,
la de siempre:
la voz de los caminos, silbo de anaconda,
la del viento lamiendo piedra muda
en las alturas del Machu Pichu;
la del cóndor,
estridulando en los helados cielos de los Andes;
la del indígena y su carrizo,
en la ruta encontrada del jaguar.
La de todos,
cantar de carnavalito
en la minga de la siembra y la cosecha,
para que no falte en cada mesa el pan.
Levanto la bandera, Fito,
" yo vengo a ofrecer mi corazón".
jueves, 30 de junio de 2011
Noche de menguada luna

La noche es una herida.
Sangra en la hoz de la menguada luna
que desgarra el canto de las lechuzas,
y degüella en el patíbulo de las ceibas,
la garganta de grillos enloquecidos.
Un viento helado galopa en el doble filo
de cuchillos que congelan el miedo en la piel.
Por eso,
un silencio de piedra se hace señor de los recintos,
las hojas de los almendros tiemblan dóciles
con el vaho de brisa ,
y el mirto desprende un olor fúnebre,
que se queda en la piel,
hostil y persistente.
Corre la tensión,
y una angustia que no tiene sosiego,
a la espera del balazo,
que agriete la noche,
con el primer !ay! de muerte.
sábado, 25 de junio de 2011
Legendaria y bolero

La casa solariega
erosionada en el tiempo,
cargada de recuerdos:
el bolero tu me acostumbraste
a todas esas cosas, sonando
en el picó en la sala de los gobelinos,
los cuerpos repegados
y la piel reventando
adentro de las ropas
de deseo.
En el segundo piso,
mientras las termitas horadan las maderas,
se escuchan
aún los !ayes¡
del amor que terminó en tragedia;
y el paso de los años,
no ha podido borrar aún
las aguadas -mural de sangre-
escarchadas en la pared blanca,
para que no pueda el olvido.
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lunes, 20 de junio de 2011
Piel

Se fue en el silencio de la noche,
en el mismo instante,
en que una brisa delgada,
movió los petalos de su piel,
y me trajo el aroma salino de su sexo
desatando nostalgias desbordadas
y febriles ansiedades
en el mismo instante,
en que una brisa delgada,
movió los petalos de su piel,
y me trajo el aroma salino de su sexo
desatando nostalgias desbordadas
y febriles ansiedades
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domingo, 12 de junio de 2011
La mujer del catàlogo de pinturas expresionistas
Ahora que la vio recostada contra la baranda del muelle del puerto, supo que se había tropezado con ella, en alguna otra parte. Esos ojos, lánguidamente bellos, pero sin mirada, y su boca carnal, eran inconfundibles, pero no lograba situar en el espacio y el tiempo, dónde los había visto. Le pareció interesarse en él, pues al pasar junto a ella, se quedó mirándolo, con esa mirada, como le sucedía a él, de desentrañar en lo recóndito de la memoria, alguien con el cual tropezaba en la calle, y se le hacía familiar. Más adelante la mujer lo alcanzó, me invitas un trago. Él no supo qué decir, a penas balbuceó un bueno. Estaba anonadado. Nunca pensó que la mujer fuera la de la iniciativa. Su plan era el de pasar junto a ella, y volver al rato, para hablarle, con la excusa de una dirección que estaba buscando en el puerto, y no daba con ella.
En el bar del puerto, La taberna del Pirata Morgan, bebieron un ron bravo. Él se reía de los gestos de ella, apurándolo hasta el fondo puro, ron vivo, solo salecita, puesta en el dorso de la mano izquierda, que ella saboreaba, cada vez que tragaba ese ron para guapos. El hombre, se acuerda que luego subieron a una especie de buhardilla del bar. Desde un balcón saledizo, mientras se bebían a pico de botella los últimos tragos, abrazados miraron un cielo cuajado de estrellas, y él le habló de las constelaciones, y luego dándose besos se fueron a la cama. No recuerda más, ahora que se ha levantado, y la misteriosa mujer no está. Siente los ojos pesados. Va hasta el lavamanos, se enjuaga los ojos, y al mirarse en el espejo, este no le devuelve la imagen de su rostro, entonces se acuerda dónde vio a la mujer: en un catálogo de pinturas expresionistas, sobre las caprichosas formas de mujer en que se aparece la muerte.
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