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domingo, 5 de junio de 2022

Entre tangos de despecho*

 




  





Foto intervenida




Lo vimos como fue hundiéndose en un abismo de inefable dolor. En las noches, aislándose en el rincón más oscuro y solitario del bar, bebía el aguardiente más fuerte del lugar; buscaba quemar la pena de lo que él -a quien nunca se le escuchó decir una palabra sucia- llamaba perfidia.


Cuando salía de su mutismo, y compartía alguna copa, tratábamos con ese espíritu de psicólogos de cantina, de aconsejarle que la dejara, “mujeres es lo que hay”, “ella no le conviene, y si lo traicionó una vez, lo va a volver a traicionar,” y él que aún la amaba, se levantaba de su silla, dando trancos, los ojos encharcados, e hipando para rogarle a "farolito" - el guitarrista - intérprete de tangos del bar-  que le cantara:



“No me hablen de ella...

si vivo en sus besos un mundo mejor,

las cuatro paredes que encierran mis horas

son en su ternura un nido de amor.

No me hablen de ella...

porque es un pedazo de mi corazón,

la quiero y si un día precisa mi sangre,

mi sangre y mi vida por ella la doy.

No me digan nada, no manchen su nombre,

mañana es la vida, ayer se pasó.

Si errar es humano, nos dijo el poeta,

perdonar es divino y esa es mi razón.

Ella es el puñado, mi credo y mi fe.

Por ella yo errante gorrión callejero

al besar su boca la jaula busqué.

*NO ME HABLEN DE ELLA

Letra de Jorge Moreira

Música de Jorge Moreira


martes, 26 de diciembre de 2017

LOS HOMBRES DEL REFUERZO

LOS HOMBRES DEL REFUERZO

Tenía los ojos de un azul vivo. Las guedejas de pelo que le caían en la frente, y en la sienes, con una rebeldía proverbial a la peluquería. A pesar de su edad avejentada, con él no obraban los cálculos.

Lo que si se le notaba era una tristeza profunda, que el escándalo de su risa no alcanzaba a ocultar. Lo había visto siempre por esas cantinas de la carrera sexta, abajo del barrio Hoyogrande, que con los amigos solíamos frecuentar porque la cerveza era barata. Se le veía siempre en una mesa del rincón, rodeado de curiosos, que le daban una cerveza, para que contara sus historias sobre la Violencia del cuarenta y el cincuenta, recrudecida con el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán.

Alguna vez, me le arrimé con una cerveza para que cogiera confianza, y le pregunté  de dónde era. Se quedó mirándome con desconfianza, mientras se decidía entre sobarle el casco a la botella o bebérsela. Entonces le pedí que brindáramos y choqué mi botella de cerveza con la suya.
-Usted no es de por aquí- le dije
-Soy de Vistahermosa, llanero raizal, del Meta- Chupó de la botella con una sed de náufrago
- Qué lo trajo por aquí?- Se quedó mirándome pero esta vez sin desconfianza
- Puedo tomarme otra cerveza? Le dije al cantinero que nos trajera otras dos cervezas.
- Le voy a contar por qué llegué aquí. Apenas me echaba los pantalones largos,cuando me uní a la guerrilla de Juan de la Cruz Varela. Ha oído hablar de él? Con un movimiento de cabeza asentí. El hombre prosiguió: yo le ayudé a montar la guerrilla del Sumapaz. De ahí me agarró confianza, y me dijo, lo voy a mandar pa´ Santander. Allá hay gente arrecha pa´ sumarla a la lucha. Su tarea es reclutarla a como dé lugar, y traerla al Sumapaz. Aquí, en Piedecuesta, focalicé el Centro de operaciones, y me llevaba los enganchados pal Mortiño, donde recibían instrucción militar. Pero, yo que estaba preparado pa´ lo castrense, no lo estaba pal amor. Y se apareció la hermana de un reclutado, preguntando por él. No sé cómo nos gustamos. La mujer había estado por Curazao y Venezuela. Era bonita la condenada. Los ojitos en la noche le brillaban como cocuyos. Los labios carnosos, y el cuerpo talladito como el tronco de una mata de plátano. Me gustaba esa mujer, que nos encamábamos y no quería salir de entre el calor de sus piernas.Era un fogón. 

Alguien, que no quiero decir su nombre, me dijo por ahí,  esa mujer tiene cangarejera, y va a ser su perdición. Si lo dice es por qué ha estado con ella, y no le di tiempo a que me respondiera porque le metí una bala en la cabeza. Lo que más me dolía, era que por la mujer había descuidado  la inteligencia y la instrucción de los enganchados, y la misión se vino abajo. No sé pero, alguien dentro del mismo movimiento, tuvo que haber sapiado, porque los fueron cogiendo uno a uno, y asesinados de un tiro en la nuca, a la orilla de la quebrada de Las cruces. Entonces, pensé, que no me quedaba otro camino que matarla a ella, y que mi comandante Varela, se quedara el resto de su vida, esperando el refuerzo de los hombres frescos, que yo había quedado llevarle de Santander


Foto intervenida

lunes, 7 de junio de 2010

Puñal


He vivido un cielo


sin azules,


siempre rojos


en la grieta que mana,


bermeja traición de puñal






jueves, 1 de enero de 2009

LAS DOCE UVAS


Al salir del bar le entró un mareo, la brisa me ha hecho daño, pensó. Había quedado de encontrarse con la mujer en el atelier que le había dejado a cuidar por estos días de fin de año, su amigo el pintor francés, Jean, de vacaciones en la Riviera, con una gringuita que había llegado al puerto, venida de Arizona, hija de petroleros, y con ganas de aventuras. Cuando ganó la avenida, se acordó que por ahí cerca, en uno de los callejones, vivía su hermano. Tuvo que devolverse al bar, porque se le habían olvidado las uvas para celebrar la partida del año. En el apartamento de mi hermano, me baño, y me compongo. Miró el reloj. Eran las once de la noche. Aún tenía una hora. Después de comerse las uvas, beber la champaña y lanzar las copas por la ventana, le pediría que se casaran. Sentía que amaba esa mujer. La quería en todas formas. Le gustaba cómo lo besaba, entornando los ojos, y la sentía tierna, cuando le decía, mi bebecito. Añoraba las tardes, en que ella llegaba al atelier, y se desnudaba lentamente, de espaldas a él, mirándose en un espejo de luna con un deleite narcisista de su piel fresca y joven. Adoraba la curva perfecta de su cintura, y sus gluteos recios. Al entrar al callejón, le pareció ver una mujer parecida a su Alondra, así la llamaba, a cambio de Juana, que le parecía pedestre. Vio como subía al edificio donde vivía su hermano. Debo estar loco, para pensar que es ella . Trató de alcanzarla, pero la mujer ya iba escaleras arriba, cuando él ganó la portería. El portero no le dio información alguna, apenas despegó los ojos del periódico, no he visto pasar a nadie. Y, el señor para dónde va? Le contestó, al segundo piso. Ahí vive mi hermano, Braulio Jerez. Rascándose la cabeza, después de quitarse la gorra, él salió hace rato. No le quedó más remedio, que salir a la calle, y encaminarse al atelier. Pero antes echó una mirada al segundo piso, y detalló que el apartamento de su hermano tenía las luces encendidas, y observó a su hermano y la mujer, es Alondra, la !puta madre¡, salír al balcón, besarse encendidamente, y pasarse de boca a boca las doce uvas celebrando la llegada del nuevo año, mientras en el puerto estallaba la bocina del carro de bomberos, y los juegos pirotécnicos reventaban el cielo despejado del muelle, en miles de figuritas multicolores.