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lunes, 29 de junio de 2009

Esa peladita es de mal agüero


Esa peladita es de mal agüero
Supo que eran las cinco de la mañana exactas por el radioreloj digital, que lo despertó con su alarma de bipbips, zumbándole los oídos como abejorros enjaulados. No quiso levantar a la cucha, que roncaba en el otro cuarto con una respiración pedregosa, después de que se bañó bajo la fría regadera, que lo hizo estremecerse de manera violenta esa madrugada, como cuando le daban las tandas de escalofríos en los tiempos de aventura por las selvas del Chocó, en busca de los palos de chonta, que pagaban la comida, y estirando un poco las cervezas y las putas en el bar Las Vegas de Mutatá.
Mientras se peinaba, mirándose en el espejo roto que colgaba de una de las paredes del baño, se acordó con pesar y nostalgia de Dayana, una mamacita la paisita Dayana. Esa sí sabía coger. La piel lisita, un jabón sin estrenar, y las teticas redondas como limones. Cuando le hacía el amor, sentía que me chupaba entre sus piernas. Sabía besar, me besaba, dándose una licencia conmigo, porque era su chulo, y me mordía los labios hasta hacérmelos sangrar. Mierda¡, me repetía, cómo lo quiero, guevoncito, hasta que la mató un malparido por celos, y yo tuve que quebrarlo también. Por eso me vine pa Medallo, a vivir de los muñecos. Entró de nuevo al cuarto. Se vistió de negro, se calzó las botas tejanas, se cintó la cuatromilimetros, se puso el chaleco y el casco, y al rato ya andaba por el mercado, buscando al tuerto Gil, su parcero. En todos los trabajitos era el que conducía la moto.
Lo encontró chupando guaro, en una de las cantinas de mala muerte del mercado, con una peladita de esas que se ganan la vida de mamandocas. Apenas lo vio con la niñita, le entró una mala espina. Se lo dijo, hombre Nacho, no te metás con peladitas, son de mal agüero. Nacho la despidió con un beso, y le entregó arrugado en los dedos de ella, un billete de cincuenta mil pesos. Luego cogió la moto, a dónde parce? Subiéndose a la kabra, agarrá por los lados del Pueblito Paisa.

Cuando llegaron, parquearon la moto a la entrada, pero de vuelta para Medallo. Nacho, me esperás aquí, tenela encendida. El matacho es el que está sentado en la fuente. Se Palpó debajo del chaleco la nuevemilímetros. Avanzó vacilante. Tenía miedo. Eso nunca le había pasado. Se echó la cruz, virgen de la Macarena que me vaya bien, y corone. Son cincuenta palos. Con eso le voy a comprar una casa a la cucha. Lo tenía cerca. Le vio los bigotes de cerdas gruesas, los ojos azules. Se le parecía al tío Gabriel. Apretó la nuevemilímetros, y cuando apenas la levantaba para descargarla en el hombre de los ojos azules, éste ya le había soltado el cargador completo de su mágnum, tumbándolo de espaldas, y mientras la gente corría de un lado para otro, y se escuchaban las sirenas de la policía, le vino la imagen última dulcificada de su cucha Bendición, la tarde de ayer, cuando dejó escapar de su boca mueca una sonrisa de gratitud con él, porque al fin le había podido regalar la nevera de dos puertas que tanto había ansiado comprar para ayudarse en la pobreza, haciendo helados de coco y leche

domingo, 17 de mayo de 2009

Me callo la jeta mejor


Lo había visto primero en esos pueblitos de la costa norte, que en eso del mediodía se duermen bajo el inclemente sol, cruzar la larga y polvorienta calle, entrar al billar, el único lugar despierto a la vida en esas horas cuando el calor aprieta como el mismísimo infierno, sentarse en un taburete de vaqueta, con el acordeón terciado, pedir una cerveza !bien fría¡, beberla a pico de botella, y esperar a que el lugar se llenara de clientes, cuando amainara el aguacero de sol, para tocar y cantar sus merengues, sus sones, paseos y puyas, que prendían la fiesta hasta altas horas de la noche, cuando se le agregaban improvisados guacharaqueros y cajeros, y la percusión lograba el milagro de que las notas del desmirriado acordeón se metieran adentro de la piel, con un gustico que las manos se abrían en un rítmico palmoteo, y los pies se despegaban del suelo llevando la cadencia de la música, enfebrecida por el ñeque, que, como por ensalmo empezaba a circular de mano en mano.

No era ni muy alto, ni muy bajo, normalito como decía mi mamá para referirse a aquellas personas, cuya estatura es difícil de definir, pues tienen la extraña virtud de parecernos altas en unas ocasiones, y en otras la sensación de que son bajas. De ojos azules, es que es hijo de un alemán que le dejó a la vieja Nati, el buche lleno de carne y huesos, cuando estuvo buscando oro por la sierra, me lo dijo la sirvienta del cura de un pueblito, a donde un sacristán se robó hasta los hostias, porque el párroco no le pagaba sus servicios, y alguien (aún no se sabe quién fue porque permanece en el más oscuro de los anonimatos) le compuso un paseo, que todo el mundo se sabe, y que siempre recuerda en lo más prendido de la parranda, para mortificación del cura, si es que todavía vive.

Poncho Salas, ahora lo recuerdo muy bien, así llamaban al cantor y músico del cuento. Dicen los que saben que tocaba como un dios su acordeón de botones, !mierda, digitaba mejor que el man ese que compuso la Cachucha bacana, achinó los ojos el tal Nacho cuando me lo contó, músico y compositor también, de un pueblo cerca de Urumita, donde el patrono era el Santo Ecce homo, y me invitó a una ronera esa tarde que hablamos bajo el palo de mango del solar de su casa. Por la noche, solamente con la luz de la luna llena, cogimos sierra arriba. Al hombre le pesaba el acordeón, y tuve que ayudar a llevársela. Sabía que debía mostrarme agradecido. El hombre había empezado a soltar la lengua sobre la vida del Poncho Salas, de la que nadie quería hablar, ahora después de muerto, como si con sólo nombrarlo bastara para que a uno le cayera una peste fulminante encima. Ya, estamos llegando. Escucha los berridos? Son de los chivos que el compadre Chema va a sacrificar esta noche para la parranda. Ahora la sierra se aplanaba, extendiéndose en la noche como una mesa de billar, y las luces de la casa de la finca del Chema, emergían como grandes cocuyos ante la inflamada luz de la luna. Nacho, me presentó como un andariego en busca de historias, cuando estuve frente al Chema. Era alto, aindiado como los kogis que bajaban de la sierra a comprar comida. Se reía a borbotones, celebraba a cada rato las ocurrencias del Nacho. Es un buen acordeonero, no mejor que Poncho Salas, pero buen cantante como él..., y se calló repentinamente, como si hubiera cometido una imprudencia que le fuera a costar la vida, cuando hizo mención de Salas.
Al rato sacrificaron los chivos, y sus berridos se escucharon en la sierra profundos y tenebrosos. Nacho, se me acercó, mierda, esos animales se duelen como si fueran personas. Entonces, aproveché para sacarme una espinita que tenía atravesada en la garganta, Nacho, por qué a la gente de por aquí, le da miedo hablar del Poncho Salas?. Se quedó mirándome. Luego bajó la cabeza, me tomó del brazo, y me llevó por lados del corralón de los chivos para que nadie nos escuchara, Poncho Salas, si era un cantor del pueblo, un redivivo Francisco el Hombre, que tuvo agallas para hacerle un vallenato a los muertos y huyentes de la masacre de El Chengue, y por eso lo mataron.Ve, por qué me callo la jeta mejor?




jueves, 29 de enero de 2009

El callejón del puerto


Sabía pelear como los guapos. En el puerto no había quien le ganara a sus puños de acero. Le tenían un miedo cerval, a ese hombre que había derribado de un solo golpe una yegua embarbascada, y con su falcada, abriendo tajos certeros en la carne apretada, había dejado viudas a una decena de mujeres de estibadores con tradición en la historia del lugar, en el arte del deguello. Sólo que aquella noche serena, de plenilunio, cuando salió del barcito del muelle, oliendo a ron nativo, confiado de su astucia, al ver a los seis hombres que se atrevían a franquearle el paso, blandiendo sus puñales, apretó la falcada y embistió al primero, destrozándole el corazón de una sola puntada, al segundo en diestro lance, romperle la yugular hasta el desangre, pero nunca pensó, cuando retrocedió unos pasos, para esperar al tercero, que la sombra que se proyectaba a su lado, no era la suya, sino la de la misma muerte, emergiendo cuchillo en mano de la misma oscuridad del estrecho callejón que daba al puerto, a donde no llegaba la luz de la luna llena.

martes, 27 de enero de 2009

Cataplum plum plum


Ya escribió su primer libro, sin importarle si era novela, cuento, prosa poética, poesía, ensayo. Lo escribió a su manera, a su gusto, a su medida, sin cartabón de sastre. Qué importaba la forma. Interesaban los sentimientos, la pulpa de lo que quería decir sobre los intersticios de la ciudad: Piedecuesta, su Pasión Callejera. Ahora, vuelve Deivin Salazar, con un texto sangrante, en ese dolor con el que Andrés Caicedo (Calicalabozo, !Qué viva la música¡), se arrancó la entrañas para manchar con la palabra la hoja en blanco, en El cuento de mi vida. Si ahí está Cali, y una herida que supura en Andrés Caicedo, en Deivin Salazar, está Bucaramanga, y ese adentro suyo,colmado de náuseas, prestas a regurgitar sobre sus calles sin sin destino ni futuro, en el relato onomatopéyico y sardónico de Cataplum plum plum, que dejo a disposición de los lectores de La Joroba del Camello.




Estoy de vuelta al hospital psiquiátrico san camilo, la dosis de una semana fue
exuberante como para volver de nuevo al manicomio, el lorazepam,
holoperidol, trazodona, biperideno y el hidazolam dejaron mi cabeza lesionada,
pero no, no volveré de nuevo, es suficiente con que me seden para volver
al escritorio del doctor, que me invito a pasar unas vacaciones con
enfermos mentales, indigentes y locos de esta ciudad podrida.



Ahora veo
la ciudad como un enfermo, pero quien no, después de haber estado rodeado
de locos como el fanático de la Biblia que compartió habitación conmigo, el
indigente que deliraba con furor y delirio y el trato hospitalario de los enfermos
que te tomaban la presión como un videoclip punk. Me amarro las zapatillas y
empiezo andar la calle de esta ciudad enfermiza. Ya la acera no es la misma y
busco divagar entre andenes, el sol me hace escupir saliva que moja el suelo
de los locos del centro, tiro calle arriba y abajo y veo los alambres de luz con
zapatos amarrados que se van viendo cada vez más, me atrapa el color
mugriento de las fabricas, donde los obreros se hacen en horas de almuerzo,
las paradas del bus están aferradas al cemento del andén donde los ladrones
esperan la hora de actuar, es difícil confiar en la gente, después de todo
vivimos en una selva de cemento, paso cerca de una puta que me mira con
aliento de follar, pero no me apetece. Tengo los calzoncillos mojados de sudor
de tanto andar y se me empiezan aparecer nubes que son reflejadas por los
ventanajes de los edificios, me sumerge la ciudad, todavía me siento drogado
de tanta medicina y se me dificulta recordar mis días de interno, Bucaramanga
me da asco, me dan ganas de poner una bomba en el centro y crear caos, la
monotonía me asfixia , como cuando me intente suicidar con una sÁbana y se
me puso la cara morada. No quiero hablar de calles, ni de avenidas, ni de
parques, la ciudad es la misma en todas partes, la ciudad esta fragmentada
pero es la misma desde donde la veamos, con bares, instituciones, estaciones,
hoteles e iglesias. A veces me encuentro escaparates en las calles, cuando
estoy de suerte me tropiezo con televisores o neveras dañadas, los indigentes
las arrastran como mulas andantes y se pierden en el desierto de las calles.
Ya no se que hacer, necesito escapar, mis zapatos están rotos y solo tengo un
par, si entro a alguna fabrica me sentiré controlado y eso no me va gustar, la
anarquía de Bucaramanga dónde está, no hay anarquía, no existe la anarquía,
todo esta en mi mente llena de secuelas, pienso en el suicidio, no futuro.
Despertaría en un andén, pero mi cuerpo no resistiría, mi depresión es muy
fuerte y no encuentro escapatoria. Paso por panaderías, licoreras, súper
mercados, tiendas y ferreterías. Escribo y me tropiezo, quiero contar historias
de esta ciudad asquerosa, pero se vienen en mi mente las pocas imágenes
que recuerdo del manicomio, recuerdo la entrada y la salida. La entrada fue
espantosa, el olor del hospital era pestilente y los enfermos esperaban su turno
con el loquero, me impacienté, pero ya era demasiado tarde, seguía mi turno, la
persona que me acompañaba fue la que me encerró, el psiquiatra me hacia
desesperar con su sonrisa falsa e hipócrita, pero mi mente solo se quería
drogar en ese momento. El siguiente psiquiatra era un estudiante de medicina
que hacia su práctica y conversó con migo aproximadamente 45 minutos, pudo
haber sido menos o más, en ese momento mi percepción era subjetiva, no
quise levantarme de la silla y salir del hospital, quise esperar, pero cuando
quise salir, ya estaba sedado. Todo se puso gris y el enfermo que estaba al
lado mió en otra camilla me dijo que no me preocupara y me contó que había
estado hace mucho tiempo en este mismo lugar y que en ese entonces los
enfermeros le pegaban seguido. Algunas siluetas recuerdo, el enfermero me
lleva en una silla de ruedas por un pasillo, pero de ahí no recuerdo que más me
paso con exactitud. Que me pudo haber pasado ahí adentro, imágenes
borrosas, pastillas, pastillas y màs pastillas, los enfermeros hablan entre ellos,
no creo que les importe nuestro bienestar, hay un enfermero que se pone
hablar con otro del salario, lo más repugnante era la comida, el jugo sabia a
cebolla, ya no quiero estar aquí, son solo imágenes borrosas, lo peor fue cuando
me dio una especie de parálisis nerviosa, caí al piso y me revolcaba, hasta que la
enfermera de turno se digno y me sedó. Intento recordar, mi mente está muy
compulsiva, me tiro al piso y pienso en noches de insomnio, en mis días de
callejero y las tantas veces que me escondía para drogarme. En el hospital te
tienen hora para levantarte, bañarte, desayunar, almorzar, comer y dormir, mí
mente esta siendo devorada por esta medicina que no me deja en paz….. todos
son monstruos, que andan entre baldocines, como jugando a ser criaturas,
criaturas somos y me atormenta saber que la vida ya no tiene un significado,
todos miran y alucinan, algunos son amarrados en camillas y agonizan,
otros frasean palabras, quiero reventar, la locura esta en la cabeza, todos somos
monstruos, monstruos, monstruos….. en horas de visita salía al patio central y me
quedaba viendo las nubes, quiero seguir recordando, pero no recuerdo más, no sé
si hice amigos, si la enfermera estaba buena o si el color de las paredes era
blanco o amarillo. No recuerdo nada más, es un recuerdo sin recuerdo, es lo único
que recuerdo y quedará como un recuerdo marcado en mi vida. Mi visita al
manicomio fue un transcurrir de días que me hicieron olvidar lo callejero, aunque
en noches de insomnio, entro en pasajes artificiales y busco salidas para
aguantar lo cruda, espantosa y mierda que es la ciudad.
Vivimos en manicomios y nos enseñan lo cruda y fría que es la vida, arrastrado
voy en busca de algo que me haga escapar y encuentro en mí pasar sólo un trago
amargo de ciudad.

jueves, 1 de enero de 2009

LAS DOCE UVAS


Al salir del bar le entró un mareo, la brisa me ha hecho daño, pensó. Había quedado de encontrarse con la mujer en el atelier que le había dejado a cuidar por estos días de fin de año, su amigo el pintor francés, Jean, de vacaciones en la Riviera, con una gringuita que había llegado al puerto, venida de Arizona, hija de petroleros, y con ganas de aventuras. Cuando ganó la avenida, se acordó que por ahí cerca, en uno de los callejones, vivía su hermano. Tuvo que devolverse al bar, porque se le habían olvidado las uvas para celebrar la partida del año. En el apartamento de mi hermano, me baño, y me compongo. Miró el reloj. Eran las once de la noche. Aún tenía una hora. Después de comerse las uvas, beber la champaña y lanzar las copas por la ventana, le pediría que se casaran. Sentía que amaba esa mujer. La quería en todas formas. Le gustaba cómo lo besaba, entornando los ojos, y la sentía tierna, cuando le decía, mi bebecito. Añoraba las tardes, en que ella llegaba al atelier, y se desnudaba lentamente, de espaldas a él, mirándose en un espejo de luna con un deleite narcisista de su piel fresca y joven. Adoraba la curva perfecta de su cintura, y sus gluteos recios. Al entrar al callejón, le pareció ver una mujer parecida a su Alondra, así la llamaba, a cambio de Juana, que le parecía pedestre. Vio como subía al edificio donde vivía su hermano. Debo estar loco, para pensar que es ella . Trató de alcanzarla, pero la mujer ya iba escaleras arriba, cuando él ganó la portería. El portero no le dio información alguna, apenas despegó los ojos del periódico, no he visto pasar a nadie. Y, el señor para dónde va? Le contestó, al segundo piso. Ahí vive mi hermano, Braulio Jerez. Rascándose la cabeza, después de quitarse la gorra, él salió hace rato. No le quedó más remedio, que salir a la calle, y encaminarse al atelier. Pero antes echó una mirada al segundo piso, y detalló que el apartamento de su hermano tenía las luces encendidas, y observó a su hermano y la mujer, es Alondra, la !puta madre¡, salír al balcón, besarse encendidamente, y pasarse de boca a boca las doce uvas celebrando la llegada del nuevo año, mientras en el puerto estallaba la bocina del carro de bomberos, y los juegos pirotécnicos reventaban el cielo despejado del muelle, en miles de figuritas multicolores.

viernes, 23 de noviembre de 2007

La foto de Frank

Lo conoció una noche que salía de la universidad. Había tenido un previo con el doctor Rivera, impecable magistrado de la corte, y riguroso profesor de penal. Sus previos eran un quebradero de cabeza. No preguntaba nada de teoría. El derecho opera en un contexto de realidad, luego hay que ser pragmáticos, y aprender penal desde el mundo, decía siempre, antes de repartir los cuestionarios con casos para resolver, entre los asustados estudiantes, mientras se atusaba unos bigotes largos y entorchados como los del pintor Salvador Dalí.

Eran justo las ocho de la noche, cuando terminó el previo. Estaba exhausta, y le dolía la cabeza de las tantas vueltas que le dio para resolverlos, a los casos que le correspondieron de delitos contra personas y bienes protegidos por el derecho internacional humanitario. Bajó dos cuadras del cerro de bosques de pinos, donde estaba la universidad, al sur, hasta la avenida, y se paró a esperar un taxi, frente al barcito esquinero de ventanales que daban a la avenida, llamado El Rincón de baco, pero que los estudiantes, por el permanente olor a orines fermentados que expedían los orinales, dieron en llamar El berrinche, y así se quedó. Le empezaba a llegar del bar, el olor espeso a meado, cuando escuchó que alguien la llamaba de adentro. Volteó a mirar, y vio en la puerta del bar a Juaco, que estudiaba derecho con ella, y esa tarde no había ido. JUanco se le acercó. Qué tal el previo de penal ? Amelia buscó frases en su mente que expresaran lo complicado que había estado el previo. Estuvo tenaz. Duro, durísimo como todos los previos de Rivera, y arrugo el ceño. Un viento helado empezó a correr por la avenida. Juaco, prendió un cigarrillo, le dio varias chupadas, y del mismo le dio a fumar a Amelia. El marica del Rivera como es magistrado de la corte, cree que sus estudiantes deben estar a su altura, y por eso hace esos previos tan jodidos. Amelia le pasó el cigarrillo. El frío se hizo más intenso con un aire fuerte, que fue formando remolinos de papeles y polvo hurgado de los escombros dejados sobre el andén, dos casas más adelante del bar. Juanco invitó a Amelia al bar, a tomar algo que los calentara. Adentro, en la barra, Amelia pidió un aguardiente. Juanco se extrañó de que bebiera aguardiente. Siempre había tenido la idea de que a las mujeres les gustaba más el vino o una bebida menos fuerte. Se lo dijo a Amelia. Ella le echó dos chupadas al cigarrillo de Juanco, y se lo regresó. En Santander se bebe aguardiente como agua, Juanco, y apuró la copa hasta el fondo, sin hacer el mínimo gesto. Él la miraba de soslayo, entre sorbo y sorbo de la cerveza enlatada que había pedido. Sintió una presión en el bajo vientre. Tenía ganas de orinar. Voy al baño, ya vuelvo, y le dejó el cigarillo , que más que cigarrillo, era ya una colilla. Amelia le echó una mirada al bar, y observó con extrañeza, que siendo viernes el bar no estuviera lleno. Entre el ronroneo de cucarrones de las voces de los clientes que ya se aninaban al calor de las cervezas, de la rocola a media voz se escuchaba a Andrés cepeda, voy a cambiarle la fachada a mis casa/ pues no me gusta verla triste y agrietada/ sé que es muy grande y que talvez/me tome tiempo verla bien/voy a pintarla de color verde esperanza. Amelia, se sentía desolada, cuando escuchaba esa canción. A sus veintidós años, se sentía vieja. Le parecía que había vivido mucho, a su edad un peso la ahogaba, pero no sabía precisarlo. La vida no le había sido hostil, reflexionaba. Terminó el bachillerato temprano, y enganchó inmediatamente, en la empresa de comunicaciones donde trabajaba su padre. Por un convenio, la empresa le dio la oportunidad de estudiar en una universidad privada, como lo estaba haciendo. No podía, entonces estar desagradecida con la vida, pero sentía, de todos modos, que algo le faltaba. Le echó la última chupada a la colilla que ya le quemaba los dedos, y se percató que a sus veintidós años no había tenido un novio de verdad. En el colegio donde hizo el bachillerato -llevaba el nombre de un político al que había asesinado el narcotráfico: Luis Carlos Galán, que quedaba por los lados de la ciudad vieja- tuvo compañeros que la molestaban, pero nunca llegaron a nada, un agarrón de manos, un beso robado al menos. En la universidad los compañeros si no tenían su pareja, eran casados. Y, con Juanco, ni modo. Vivían en el mismo barrio, pero tenía un niño de cinco años, con una pelada que estudiaba en el Sena. Iba a pedir otro aguardiente, cuando sintió que alguien tomaba el asiento de Juanco en la barra. Era un tipo alto, pelo cortado al rapé, de esos morenos tostados por el sol, formido. Velaba sus ojos con finas gafas oscuras. Tenía chaqueta de cuero azul . Ella con dejo amable, el puesto lo ocupa un amigo. El tipo de las gafas y la chaqueta azul, qué pena, no quería molestar. Pero dejeme invitarla. Miró a uno de los muchachos que atendía la barra. A la niña dele lo que quiera. A mi un wysky, sin hielo. Amelia se llevaba a la boca la segunda copa de agurdiente, cuando apareció Juanco. Contestaba una llamada en su celular. La dejo, pelada. El niño se me enfermó, y tengo que salir corriendo. Le dio un beso en la mejilla, y se abrío paso entre las mesas del bar. El de la chaqueta, pidió otro wysky. Su novio?. No, un amigo de la universidad y del barrio, y chupó Amelia un tajo de limón para pasar el trago. El de la chaqueta, me llamo Frank Frank, y ella sintió su mano fuerta y grande, apretando la suya, como una tenaza, y le vió en el dorso, el tatuaje de una araña. Amelia, se sintió turbada porque no le soltaba la mano. Ella hizo un esfuerzo, y él aflojó, de tal manera que la mano se fue deslizando, así lo sintió, como el jabón cuando se le resbalaba de las manos. Pidió otro aguardiente, y lo apuró como si bebiera agua. Algo le molestaba del hombre de la chaqueta. Usted tiene hermanos? Tenía uno, se escuchó la voz de ella lánguida, lo mataron. Gracias por la invitación, pero tengo que irme ya. Frank se rascó la cabeza, mañana es sábado.Ella se quedó mirándolo, sí es sábado, pero tengo un previo atrasado, es de civil, y el profesor dio plazo hasta mañana para ponerse al día. Ella tomó los libros que traía, y se dispidió de nuevo haciendo un breve gesto con la mano derecha que le quedaba libre. Espero volverla a ver, sonó áspera la voz de Frank. Ya veremos, respondió Amelia emprendiendo el camino hacia la puerta. Cuando paraba un taxi, FRank estaba detrás suyo. Se le olvidó el bolso. Ella lo tomó, qué cabeza la mía. No sabe cuánto se lo agredezco, y se subió al taxi.


Tres semanas después volvió a verlo. Estaba en una de las salitas de cine del Centro Comercial Ciudadela del Marqués, esperando a que empezara la función de estreno de El amor en los tiempos del cólera, basada en la novela del Nóbel colombiano, dirigida por inglés Mike Newel, cuando alguien que le pareció conocido se sentó a su lado. Era Frank. Coincidencia o me está usted siguiendo, se dejó oir la voz de Amelia, en un talante sarcástico. El hombre se quitó las gafas, me lo dice en broma o en serio, y a pesar de la penumbra, ella descubrió sus ojos azules, que hacían juego con su piel tostada. Le pareció más atractivo que cuando lo conoció en el bar, y sintió como cosquillistas en el estómago, es que me está gustando, pensó para sus adentros. El la miraba de reojo, no me ha respondido,¿ me lo dice en broma o en serio si encontrarnos hoy, no fue tan circunstancial ? Amelia no quiso responderle, porque la figura de Florentino Ariza, el protagonista de la saga de amor de la novela de García Márquez, rondaba en la pantalla por la Cartagena colonial, repartiendo telegramas. Ella, no supo en qué momento, Frank se levantó y trajo gaseosa y crispeta. Se sintió halagada por el detalle. Un gracias, salió de su boca con hálito de suspiro. Él supo, entonces que había logrado minar la resistencia de Amelia, cuando en la película desde el balcón interior de su casa, Fermina le juraba a Florentino, que se casaría con él. En el transcurso de la película, intentó tomarle, en varias ocasiones, la mano a Amelia, de manera distraída, pero el hecho de sufrir la vergüenza de ser rechazado lo contuvo.

Ya estaba oscuro, cuando salieron del cine. Había empezado a caer una llovizna acompañada de un viento glacial. Amelia se puso la chaqueta del yin, que se había quitado, adentro del teatro. Vamos por ahí, a mirar vitrinas, mientras pasa la lluvia, y caminó ella, hacia una vidriera, donde una modelo exhibía ropa exclusiva de la tienda. Miraron un rato, hasta que él se cansó, vamos a comer algo. Tengo las tripas pegadas al espinazo. A ella, le causó risa la frase, no exagere, y fueron al ala izquierda del piso donde estaban, en busca de la sección de comidas del centro comercial. Ella eligió comida mejicana. Le encantaban los tacos. Él se fue por la comida italiana: lasagña. Más tarde, ganaron la calle. Caían apenas unas briznas de agua, pero el frío picaba la piel. Ella, en la parada recostó la cabeza en el hombro e de él. Entonces, Frank se atrevió y le pasó el brazo derecho por la cintura. Hace frío, atinó a decir. Entonces la besó. Ella se dejó llevar. Hacía rato que esperaba este momento. Estuvieron abrazados, besándose sin tregua, hasta cuando un carro les pitó, y ella recobró la razón. Tengo que irme, y él no alcanzó a decirle que la acompañaba, cuando Amelia ya se encaminaba en el taxi rumbo a su casa. Qué boba, no haberle pedido un teléfono o el celular, se recriminó para sus adentros, ese hombre me mueve el piso, y le entró una angustia, que sólo la calmó, con una agüita de toronjil, que le preparó su mamá. Sentadas en la mesa del comedor, su madre le comentó lo de la misa por su hermano muerto, mañana a las seis de la tarde, en la iglesia del barrio, Amelia, y le rodó una lágrima. Amelia, que la observaba, la abrazó. No vaya a empezar a llorar, mamá. Eso le hace daño. La madre de Amelia era ya un mar de llanto, y se sonaba las narices en el viejo delantal de percal. ¡Por qué tenían que matarme a mi Guillermito! Hija? Un año y todavía no me hago a la idea de que esté muerto. Y los asesinos muy campantes, por ahí sueltos, dándose la gran vida, mientras yo no puedo con este dolor. Amelia la abraza más fuerte. ¡Mamá¡ ya hay indicios, entre las autodefensas desmovilizadas del Chocó, de quiénes pudieron ser. La madre de Amelia no se consuela, ay! Qué dolor el mío, siento morirme con él. Amelia alarmada, pide ayuda, Papá!, ¡Papá ¡, mamá¡ se nos muere. Y, el padre se levanta de la cama. Son más de las diez de la noche, y hace frío, ésta ciudad es una nevera, baja al primer piso tan rápido como le permiten sus sesenta años. Amelia le da respiración boca a boca, alternándola con masajes al corazón, y parece reponerse. El papá de Amelia, ha llamado un taxi. Se acerca a su mujer, no puede dejarme Pachita, no ve que la necesito, y haciendo un esfuerzo sobrehumano, la toma en los brazos, y la lleva al taxi, que afuera pita declarando su presencia. En el hospital la mujer es atendida de urgencia. El médico de turno detecta un preinfarto. Hay que conseguirle ésta droga, y amerita unos exámenes urgentes. Lo peor ya pasó. Entrega la fórmula, al papá de Amelia, que la toma nerviosamente. Por lo pronto, vuelve el médico, hay que dejarla. Amelia, decide quedarse, para acompañarla. Es mejor, que yo la acompañe esta noche, papá. Usted tiene que trabajar. Él se rasca la cabeza, y la universidad, hija?.
Mañana no tengo previos, no se preocupe, papá. Puedo faltar. Lo acompaña hasta la puerta del hospital. Hace frío, pero ya no brizna. Un taxi para. Trae a un enfermo. El papá de Amelia lo aprovecha para regresar a la casa. Amelia, se queda mirando el taxi, que se pierde en un cruce hacia la avenida. Siente que se hiela, y con el frío le llega imagen a la salida del Centro comercial, cuando Frank se decidió a besarla, entonces volvió a sentir las cosquillitas en el estómago, me estoy enamorando de Frank, se dijo, y tuvo la extraña sensación que no había tenido en mucho tiempo de ser feliz.

La misa de muerto un año Guillermo, su hermano, sin la presencia de su mamá, ahora en cuidados intensivos en el hospital, y el decadente estado de ánimo de su papá, que no soportaba la idea de quedarse sólo, sin su Pachita, pues temía un desenlace infausto para su mujer, terminaron por emponzoñarle a Amelia, la felicidad que le produjo, recordar en la puerta del hospital, lo que tanto ella esperaba: que Frank se atreviera a besarla. El padre Bermeo, de la orden de los franciscanos, dijo la misa, saliéndose de los cánones eucarísticos. En el sermón, el padre Bermeo, sacó a relucir su deslumbrante vena de orador, en un discurso entre político y humanista. Guillermo, el hermano de Amelia, era sociólogo. Se había vinculado con una organización no gubernamental de proyectos productivos para el campo, en sectores vulnerables, que tomó como región piloto el Alto Chocó . La palma africana, enfatizaba en padre Bermeo en su sermón, ha traído la política nefasta del despojo y la muerte de los campos colombianos. Esas gentes humildes del Alto Chocó, donde Guillermo Bustamante desarrollaba su proyecto de gestión rural, encaminado a transformar al campesino en empresario y productor de bienes para su propio bienestar humano y económico, para afrontar el mundo global, desde su contexto cultural, vieron frustrados sus sueños en la intimidación de las armas, los incendios de los ranchos y los tambos, en las muertes selectivas, y las habituales masacres, de las que se tuvieron noticia, por los que salvaron, pero no de los muertos, cuyos cadáveres fueron enterrados en lugares inhóspitos y de geografía desconocida, para que no fueran encontrados,sin importarles el duelo de los familiares y su dolor por no poder darles una cristiana sepultura. Guillermo Bustamante, a quien recordamos hoy en ésta eucaristía con gran pesar (Amalia sintió rodar una lágrima), pero con gratificación porque, todos los que le conocimos, sabíamos de su amplio corazón, y de su arraigado afán de servicio por el otro sin intereses ni oportunismos, siempre entendió la vida, la profesión y la política, como una misma causa: vocación por el otro. Él no sabía de exclusiones, por eso estaba en El Alto Chocó, donde derechos fundamentales le eran violados permanentemente a éstas comunidades afro-descendientes y vulnerables. La vida y la política sólo la concebía en la perspectiva del desarrollo humano. Por eso lo desaparecieron (Amalia abrazada a su padre, que hacía de tripas corazón por no desfallecer, se anegaba en llanto), y rogamos al Dios, porque, ahora que se ha dado el proceso de desmovilización de las autodefensas, al menos quienes fueron los responsables de las desapariciones en el Alto Chocó, tengan el valor, al menos, de decir donde están los cadáveres de Guillermo, y los demás desaparecidos. Finalmente, el grupo andino Charango y Corazón, llenó la pequeña iglesia del barrio con sólo pido a Dios/ que la guerra no sea indiferente/ que es un monstruo y pisa fuerte toda la inocencia de la gente.

Al salir de la misa, Juanco, se acercó para saludarlos. Ella le preguntó como seguía el niño, y él le respondió que estaba mejor. Y doña Pancha?, e rascó la cabeza el papá de Amelia, se me muere, se me muere la Pacha, está malita del corazón en el hospital. NO se hace a la idea de que Guillermito esté muerto, y se abrazó a Juanco buscando consuelo. Aferrada del brazo de su papá, luego, cuando esperaban un taxi, porque no se sentían con fuerzas para caminar hasta la casa, a Amelia, le pareció ver a Frank subirse a un bus. Seguro supo de algún modo de la misa de Guillermo y vino. Sintió un gran alivio. Estoy enamorada. Estoy enamorada, retumbaba como en eco, en alguna parte de su mente, cuando iban en el taxi, pero al escuchar la vieja balada que molía la radio, quiero recordar esta noche/ momentos que no volverán/ ya sé de aquellos poemas/ tristes como oración, tuvo la certeza de que Frank empezaba a ser parte de su vida, y le entró una angustia al pensar que sólo fuera un pasatiempo para Frank, y podía perderlo.
Fue aquella noche, sentados en el patio del teatro La candelaria, mientras esperaban a que empezara la función (el maestro Santiago García, reponía su obra El Paso), que Juanco le comentó. Cogieron a esa gente, pelada. No tengo el periódico, hay fotos. El de todo fue un tal Picuro, que era el comandante del frente. Lo que relata el periódico es horroroso. ¡Pelada¡ ese Picuro, no tiene alma. Es un hijueputa¡. Durante la función pensaba en su hermano con tristeza, pero el deseo de volver a ver Frank, la reconfortaba. Pensaba que esa noche se lo iba a encontrar, y pase lo que pase, lo deseaba, haría el amor con Frank

Juanco la invitó a salir, a tomar un café en el Zaguán de las ánimas. Tenía la sensación de que alguien estaba siguiéndolos. Debe ser Frank, pues siempre que nos vemos se hace el encontradizo, divagaba mientras sorbía con precaución el café para que no le quemara los labios. Cuando Juanco se levantó, le dijo que iba a estar por ahí, que no se preocupara. Juanco le recordó que no se le olvidara mirar el periódico. Estuvo otro rato, ahí, sentada, deseando que Frank se apareciera. Al fin se levantó, y cuando estuvo en la puerta, unas botas de campaña le franquearon la salida. Era Frank. Tenía cara de preocupación. La tomó del brazo, y luego la besó. Caminaron sin decirse nada. Amelia estaba feliz. En el hotel Bacatá, subieron al tercer piso. El cuarto era cómodo, tenía vista a los cerros, y televisión. Parecía que Frank, había estado tomando porque olía whisky. Se besaron nuevamente, y él la empujó sobre la cama. Estaban ansiosos, pues se desnudaron torpemente. El vio los pechos de Amelia, a pesar del frío, hincharse al afanar en sus pezones, tiernos besos, y Amelia sintió como el sexo de Frank, erguido picoteaba, adentro de su sexo, haciéndola sentir mujer, en episódicos espasmos de su cuerpo. Su piel era una cuerda tensada en el rango más alto del placer, cuando su cuerpo fue una explosión de líquidos placenteros, que agradecida, pusieron en su boca ese, ¡Frank eres mi hombre¡, y en él, la súplica, ¡Amelia vamos para otro lado a hacer la vida juntos¡.

Estuvieron luego, un rato abrazados, pero Frank tuvo que levantarse a contestar el teléfono. Lo llamaban de la recepción. De paso voy a traer algo de tomar. Se puso la ropa, y bajó. Amelia, se paró de la cama, y se puso la blusa que había quedado en el suelo, debajo de una mesita de noche. Fue cuando reparó en el periódico que estaba sobre la mesita, y se acordó que Juanco le había dicho que había salido la noticia de los responsables de los muertes del Alto Chocó. Entonces, vio la foto a tres columnas del Comandante Picuro, jefe de las autodefensas del Alto Choco. Su corazón le dio un sobresalto. Era la foto de Frank.