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miércoles, 12 de junio de 2024

De la espera


 




Siempre esperamos

no importa qué,

la incertidumbre es la que amasa

el pan de la espera.

Si supiéramos lo que esperamos,

abandonaríamos la espera.

Tantas cosas pueden venir con la espera,

por ejemplo,

su voz con las melopeas de los poemas-canción

de María Helena Walsh,

como aquella,

susurro valiente al oído,

para que la muerte no fuera:

“Tantas veces me mataron
Tantas veces me morí
Sin embargo estoy aquí
Resucitando”

U otras cosas como en el cuento de Cortázar,

del hombre vomitando conejos,

en un departamento prestado de Buenos Aires,

guardándolos entre los armarios,

con un amor de padre por sus hijos,

para no abandonar los gazapos

a la suerte de las calles

La espera son tantas cosas,

tan impredecibles

como ese morir de último,

que todos deseamos (al fin guerreros de la vida)

de sentir el pleno goce

del grito gutural de la victoria

 

 


sábado, 17 de febrero de 2024

A ella


*Foto intervenida



A ella le gustaban los amaneceres
asomada a la ventana
por la brisa que le aireaba el rostro
y le levantaba el pelo como
fuga de mariposas angelizadas.
A ella le gustaba caminar por las calles
viejas de la ciudad 
donde presentía fantasmas
de amores inconclusos
y una lágrima íngrima,
rodaba por su cara,
dulce y tierna.
A ella le gustaba que le dejara versos
en las servilletas de los restaurantes
que con la complicidad del camarero,
rescataba del olvido.
A ella la enternecía Serrat,
cantando Penélope en los días
de ausencia.
Quizás aún me espere,
mientras desteje su último abrigo,
a la sombra de la casa solariega


lunes, 18 de octubre de 2021

MÁCULAS DE AMOR, ENTRE CUENTO Y POÉTICA

 



*Montaje propio


 

Ahora la volvía a ver, después de que se le extraviara en el  laberinto de Minotauro, en que a veces se nos convierte la vida. Olía al peculiar perfume de azahar, que siempre emanaba de su pelo, como ramas de naranjo que le colgaran de las güedejas de su cabello.

 Leía uno de los cuartetos de Alejandría de Durrell (Clea), cuando sintió su presencia de azahar, y el libro se le cayó de las manos. Entonces no le quedaron dudas de que ahora las páginas  de Durrell, como la última vez las de Los Autonautas de la Cosmopista de Dumlop y Cortázar, serían maculadas por los ardidos fluidos de amor y lágrimas de tanta espera.