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sábado, 11 de agosto de 2007

TEATRO UIS, Y LA CULEBRA PICO DE ORO

En las décadas del sesenta y el setenta, cuando el teatro colombiano (que no traía una tradición como el mejicano y el argentino), empezó a reconocerse en las necesidades del país, a darse un rostro con los problemas sociales, políticos y económicos nacionales, a recuperar la historia desde hechos populares, apoyándose en experiencias del teatro del absurdo de Ionesco( Las sillas), de Becket (Esperando a Godot), en el Teatro Épico de Bertol Brecht, y su teoría del distanciamiento(Círculo de tiza, Madre coraje), en los presupuestos del teatro pobre de Grotowsky, en los lineamientos de Augusto Boal(El arco iris del deseo) para un teatro en la censura, en el laboratorio político de El Escambray de Cuba, y El Galpón del Uruguay, dirigido por el maestro de maestros, Atahualpa del Cioppo, surgieron dos enfoques como propuesta dramatúrgica, para materializar el sueño de una escena fabulada a partir del imaginario nuestro, que no era otra cosa que darnos identidad teatral, para el nuevo teatro colombiano: la creación colectiva, tendencia avalada por Santiago García y su teatro La Candelaria, Enrique Buenaventura,y su Teatro Experimental de Cali, Jorge Alí Triana, y su Teatro Popular de Bogotá, y la perspectiva de la creación de autor, nucleada en Teatro Libre de Bogotá, dirigido por Ricardo Camacho, y con un equipo de dramaturgia de autor, encabezado por Jairo Aníbal Niño, Esteban Navajas, Sebastián Ospina, y otros.
Eran tiempos de controversia aquellos cuando el mayo 68 francés, el hipismo su vida comunal y el retorno al buen salvaje, el existencialismo de Sartre y Camús, la revolución cubana, la teología de la liberación, el agrarismo, el capitalismo, la sociedad de consumo, y la ausencia de justicia social en una América Latina, trajeron nuevos vientos para el pensamiento, la letras y el arte en estas tierras de más abajo del río Bravo. Colombia, a través del Nadaismo, de la narrativa de García Márquez (La mala hora, La hojarasca, Los funerales de la mama grande), de la pintura de Obregón, Botero, Beatriz González, y del teatro panfletario universitario, que habría de acrisolarse en las posturas de la dramaturgia de autor y colectiva, para enriquecimiento del nuevo teatro colombiano, empezaría a mirarse en sus entrañas, y a pensar en un país diferente.
La dialéctica bajo la cual se da la experiencia del nuevo teatro colombiano, nadie puede poner en duda que fue altamente significativa para la dramaturgia colombiana, y la dirección teatral. Hoy, ese bagaje dramatúrgico, y de dirección que surge del teatro, se ha volcado al cine, u oficia en ambos ámbitos. En esos tiempos de controversia teatral de los setenta, conocí a Omar Álvarez, quien afinado con el pensamiento del Teatro Libre de Bogotá, creó, El Teatro Libre de Bucaramanga, con su escudero Elbert Sotomonte. Eran los tiempos en Santander de César Badillo y su teatro Butaregua, de Jorge Prada y Fidel Ocaziones, sitos en la orilla del pensamiento de Santiago García y Buenaventura. Relevante estas posturas, que en lo estético, llevaban a considerar que los de la dramaturgia colectiva eran muy realistas, y los de la creación
de autor, extremadamente naturalistas(los críticos traían a colación la exageración del Libre de Bogotá de meter una cabaña en escena, en la Balada del café triste). En el fragor de estas escaramuzas teatro-ideológicas -porque en el fondo las direccionaba un afán político, no panfletario, pues eso se superó- se formó Omar Álvarez, para un oficio que sabe hacer en el teatro: dirigir.Uno de sus montajes de gran recordación, El cuento de las naranjas dulces, de Gustavo Cote Uribe, obra premiada en España, apoyada musicalmente por la Banda del Departamento, que dirigía el maestro Alfonso Guerrero.
No extraña, por lo tanto, que hoy, Omar Álvarez, esté al frente del grupo de teatro de La Universidad de Santader (UIS), y que haya puesto en escena uno de los eventos históricos de mayor calado popular, del 7 y 8 de septiembre de l879, que involucró a los artesanos y comerciantes de la Bucaramanga de entonces, en hechos de sangre, que la historia que enseñan en los colegios, elude, y sólo deja para las tesis de grado, o las investigaciones de la Academia de historia, condenadas al polvo y el abandono de los estantes. Titulada como La culebra pico de oro, nombre con el cual se identificaban los artesanos, que se veían disminuidos económicamente por el auge del comercio,en esta obra los hechos históricos se funden con la ficción, y con acierto y humor, Clara Guerrero, fabula entre los acontecimientos históricos, la relación amorosa de Mariana -la hija de Nicolás Ordóñez, uno de los más prestantes comerciantes de Bucaramanga- con Antonio, un empleado de confianza de su padre, pero hermano de nadie más y nadie menos, que Celestino, el dirigente de la temida facción de artesanos de la Culebra pico de oro.
Relevante la actuación de Mario Martínez, en el papel de padre, con su rol de hombre despistado. Imponente, Adolfo Merchán, en el rol de Celestino, el líder de La culebra pico de oro. Muy gritona, Laura Díaz, pero convincente, en su papel de hija. En Federico Prada, como Antonio, vale destacar la recuperación del acento santandereano. SE siente en él la tierra.
La culebra pico de oro, tiene humor, personajes consistentes, y costumbrismo porque muestra el comportamiento social de los bumangueses en la segunda mital del diecinueve. De ingenio, las alusiones a la casa del diablo de Puyana, y la presencia de los alemanes, por meros intereses capitalistas y expoliativos de los recursos naturales (quina, tabaco). Quizá la dramaturgia flaquee al finiquitar la relación de Mariana y Antonio, con ese final de telenovela, cuando el alemán FRanz, a quien el padre de Mariana le había prometido su mano, irrumpa en la alcoba de ésta que se encuentra con Antonio, y le dé muerte a éste, y Mariana al alemán. Pero, en el fondo, queda la sensación de que director y dramaturga, se quieren burlar del melodrama televisivo, y eso no tiene reparos. El final, en el desaire frustrado a los alemanes,un buen remate dramatúrgico, una lección, precisamente en estos tiempos cuando se hace necesario recuperar la dignidad nacional ante tanta genuflexión al imperialismo gringo.

lunes, 6 de agosto de 2007

BERGMAN Y ANTONIONI, DOS GENIOS DEL CINE EXISTENCIAL

Recuerdo que fue en un teatro de pueblo (la niebla de la memoria no me permite acercar el zoom para esclarecerlo), donde me tropecé por primera vez con una película de Ingmar Bergman. Era de nazis, pero en una perspectiva diferente a las películas norteamericanas sobre el género, que lo fundaban todo en el maniqueismo. Después supe que la película se llamaba en español, El huevo de la serpiente, y lo confieso, la manera de narrar de Bergman me dejó inquieto, así aún no comprendiera mucho de cine, y aún me causó mayor estupefacción, cuando me enteré de las dimensiones estéticas del cineasta, cómo una película suya vino a parar a la sala de un pueblo, invadido por el cine de charros y los filmes de guerra americanos.

Con Antonioni, fue otro cuento. Me di de manos a boca con Blow up, en un teatro de Bucaramanga que programaba cine doble mejicano, El Rosedal. Un teatro popular, y en una ocasión puso en pantalla películas con cuentos del escritor mejicano Juan Rulfo. El doblete: El rincón de las vírgenes, y El gallo de oro. Para sorpresa, no pasaron la historia del gallo que le dio la suerte a Dionisio Pinzón, con la ayuda de la caponera, y que era la sobremesa. A cambio, una historia surgida más del ensueño, de lo onírico, ese Blow up, del director italiano, Michelangelo Antonioni, que tomó el cuento de Cortázar, para ratificar que su cine, no seguiría la línea del neorrealismo italiano, que emerge en la postguerra, y a cambio aventuraría más por los pliegues del alma y el comportamiento humano.

Es ahí, en el escudriñamiento de los conflictos humanos, en el dolor existencial que se encuentran estos dos directores, que casi escogen el mismo día para morirse. Dos directores que inauguraron eso que ahora han dado en llamar cine de autor, porque las películas que dirigieron eran suyas, pues era su mirada sobre el ser humano, por no decir que una especie de buceo psicológico para intentar entender la complejidad de lo humano. Dos directores difíciles, en nada épicos, por aquello de que lo que los conmovía para hacer cine, era el hombre y la mujer, la pareja, la familia desde sus dificultades para convivir, soportarse, amar y desamarse.

Si habría que buscar hoy, directores de cine con una identidad tan claramente definida como la del sueco Bergman y el italiano Antonioni, quizás el que mayormente se les acerca es Woody Allen. Éste ha sabido interpretar el alma femenina, ha psicologizado a la pareja desde ángulos que ya habían tratado Bergman y Antonioni, pero poniéndola en el escarnio, en la burla con su humor sutil, ajeno a los gag, y a los chistes vulgares y ramplones de comedias que desprecian el relato interno, por las situaciones de hecho.
A no dudarlo, Bergman y Antonioni, dos maestros y genios del cine, a quienes les importaba un pito el cine comercio. Como un Kurozawa, por encima estaba el cine como arte. Por eso, siempre le apostaron a un cine intimista, indagando el pensamiento del ser humano en lo sexual, en lo religioso, en sus ambiciones, en sus sentimientos, en sus dolores, de ahí Gritos y susurros, Fanny y Alexander en Bergman; y en Antonioni, Las amigas, la aventura y La noche, cintas donde aflora el alma femenina.
A la muerte de Bergman y Antonioni, será difícil volver a ver en las salas el cine de estos dos genios, por lo que los cineclubes, tienen aquí una coyuntura para programar unos ciclos con estos dos directores incomparables. También, la oportunidad para que la televisión cultural se reivindique reponiendo las cintas de Bergman y Antonioni. Cuán grato fuera reencontrarse con su cine complejo pero humano, capaz de ponerlo a pensar y sentir, asi para aquellos que no entienden del cine como arte, les parezca jarto, y los invite al bostezo.

lunes, 30 de julio de 2007

DE LA ROSA BLANCA A NAPOLA, UN CINE SOBRE EL III REICH, EN UNA POSTURA DE CUESTIÓN AL RÉGIMEN DENTRO DEL RÉGIMEN

Mucho cine se ha hecho sobre los nazis, y la Segunda Guerra Mundial, por un lado con el afán de explotar comercialmente el aspecto bélico y por el otro, el maniqueismo ideológico, poniendo a los Estados Unidos en el plano de los buenos, y a los alemanes en el nivel de los diabólicos, o para decirlo en términos de cine, como los malos de la película. Por eso resulta gratificante, que aparezcan películas, que se transfuguen de este cine cliché, por el aparato de la guerra, y el afán de satanizar, sin una propuesta de fondo, sin un mirar a las entrañas mismas de esa Alemania que parecía cerrada a todo pensamiento, que no fuera el del Führer.
Con películas como La rosa blanca y Napola, uno se reconcilia con éste cine que recrea la Segunda Guerra Mundial, sin recurrir a la intensidad o fasto de la guerra, o al panfleto ya manido sobre la crueldad de los alemanes en el frente de batalla, y en los pueblos que caían bajo su dominio. Estas dos películas van más allá. Se meten en la médula del nazismo, con personajes propios de la entraña teutona, que cuestionan al régimen. Con esa reiteración del cine de satanización y del deslumbramiento de lo bélico, uno se preguntaba si en la Alemania nazi, todos pasaban entero la cartilla del Nacionalsocialismo; si no habría alguien, que por lo menos cuestionara el régimen, que irremediablemente llevaría al pueblo alemán a la debacle.
La rosa blanca (Sophie Scholl), de Marc Rothemund, regodeándose en la arquitectura sobria y un tanto fría de las construcciones alemanas, asume una postura nueva frente al género de guerra estigmatizador y maníqueo, y propone una historia fresca con el movimiento universitario que cuestiona los principios y fundamentos del Nacionalsocialismo, y vaticina la ruina para Alemania si no se le detiene. Con una cámara muy intimista, que le apuesta a los primeros planos, va tras dos hermanos del movimiento la Rosa blanca, que son sorprendidos cuando dejaban impresos contra el régimen, en el claustro universitario. Ella, una mujer con una ideología visceral, lo mismo su hermano. En el juicio, que más que juicio es un monólogo condenatorio sin derecho a la defensa, pero dónde los dos hermanos reafirman sus convicciones, y no les tiembla la voz, a pesar de saber que serán ejecutados, de criticar al régimen del Fuhrer en pleno juicio,porque llevará al pueblo alemán a dar un salto en el vacío.
Las tomas finales, con la guillotina en actitud de espera por los condenados, y la cabeza de la mujer cercenada, son más significativas en sus síntesis y simbolismo, para develar el espíritu totalitario del régimen nacionalsocialista que condujo a la segunda guerra mundial.
Napola, del director teutón, Dennis Gansel, es aún más atrevida. Se cuela en el centro político que formaba a las juventudes en la ideología nacionalsocialismo. Este centro era Napola, Institución de Educación Política Nacional. Alli recibían su formación los oficiales y líderes, que remplazarían a los miembros del III Reich. A Napola, ingresan dos estuidiantes, uno de familia pobre, y el otro, hijo de un alto oficial nazi. La formación que reciben va desde la ideológica a punta de cartilla permanente y maltrato físico. La idea es que tienen sufrir y resistir. Curtirse en el lavado cerebral para que la ideología entre y se anide en los cerebros, y el dolor, el malestar físico los haga fuertes y resistentes, para luchar hasta morir por el régimen. Obediencia ciega. Al final, los dos personajes, se darán cuenta que no comparten el régimen, le ven fisuras, y que el nazismo no es el camino que conduza al bienestar y paraiso que Hitler propone al pueblo alemán con el sueño ario de su fantasía política totalitaria.

domingo, 29 de julio de 2007

Una flor para Fontanorrosa, que debe estar cagándose de la risa en su tumba

Hubiera podido escribir al momento de su muerte, sobre el negro Fontanarrosa, uno de los más originales caricaturistas latinoamericanos, tan genial como Quino, que el 19 de julio, ya no pudo estar más en este mundo, y se fue, porque pudo más esa enfermedad neurológica degenrativa, que su afán de vivir; pero he dejado pasar los días para no escribir los mismos lugares comunes de los columnistas habituales, o de quienes se preciaban de su amistad, y dejaron caer sobre el papel o en la plantilla del blog, lágrimas de cocodrilo, traducidas en frases más propias para una telenovela rosa, que para la despedida de un humorista, que siempre consideró que la risa es el único sentimiento respetable del ser humano


Por eso, la única manera de decirle adios a Fontanarrosa, era riendo, qué cuento de ojos encharcados. Y, es que a Fontanarrosa, los que lo conocieron (naturalmente en su papel de caricaturista), fue riendo. Por lo menos así lo conocí yo, así nunca cruzara palabras con él, a pesar de que vino varias veces al país. Pero Fontanarrosa eran los personajes de sus caricaturas. Ellos eran su alma. Ese Boogie el aceitoso, con el cual me tropecé en Lecturas Domicales de El Tiempo, cuando este magazín era respetable. Cómo sabía Fontanarrosa, mamarle gallo, a esos hombres rudos, a esos matones de profesión, con este espía tan simpático y tonto, a pesar de su espíritu bronco. No es mentira. Por Boogie el Aceitoso, me suscribí a El Tiempo. Cuando acabaron la franquicia con Fontanarrosa, ya nada me ataba a este periódico, ya no tenía al espía brutal, pero inocente, a ese paradojal personaje, entre tierno y bestial, entonces corté toda conexión con El Tiempo. Quedaban otros canales la revistas argentinas, donde aparecía la tira de Boogie. Y, para qué están los amigos, que no sé por arte de qué, me hacían llegar una revista, llamada Tinta, donde nació el singular personaje.


Fontanarrosa, cuando se aburrió de su espía tonto pero cruel, cuando su otro personaje, más local, pero que con Tolstoi, de la aldea se abrió al mundo, el gaucho Inodoro Pereyra, el renegau, se le hizo insoportable, se dio a la tarea de escribir novelas, más para poner en ridículo a los famosos, a aquellos que no pueden vivir sin que los medios los estén nombrando sin desmayo, porque no pueden brillar por sí solos, son estrellas fugaces. Por eso, sus novelas Best Seller, y la Gansada, que tuve el privilegio de leer, en el baño, porque es el lugar más grato para leer, y desjarretarme de la risa, que aún me pregunto, como no desfondé el inodoro si de la risa, me salían gases explosivos y descargas cerradas, por el ojo aquel del cual hizo elogio inolvidable, otro humorista de la literatura, el genial Quevedo. Mejor dicho, me cagué de la risa, como decían todos los que leían a Fontanorrosa


domingo, 22 de julio de 2007

VELANDIA Y LA TIGRA EN EN EL CAFÉ KUSSY-HUAYRA: UNA VELADA SOBERBIA

Velandia y la tigra, una banda que ya suena en Colombia, porque está dando de qué hablar musicalmente. Al frente, Edson Velandia, músico de búsquedas y rupturas, en un país donde no es fácil dedicarse a crear, porque lo comercial como una bacteria funesta, se fagocita el ingenio, y entonces de qué se vive. Pero ahí, está este muchacho, parido en música de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, con ese espíritu del que no come cuentos, dispuesto a partirse el espinazo por su música. Cabuya, fue una de sus experiencias compartidas para hacer música recuperando porritos, aires andinos, jugando a la letra aliterada, pero la Tigra, es una idea más suya: una banda para hacer lo suyo, indagar sobre lo que le place musicalmente, sin dejar de sentir la tierra, el sabor de sus rasqas, así con q, como Velandia las escribe, para que no quede la duda de que sus temas, donde uno escucha ramalazos de blues, jaz, rock, con aires de guabinas, sanjuaneros, son el placer de la indagación, el goce pleno de hacer música, y el disfrute de cantar con la arrechera santandereana, las canciones de la propia cosecha.
En el Café Kussy-Huayra, de Piedecuesta, este viernes l9 de julio, Velandia y la tigra, lanzaron en este espacio abierto a la cultura y el arte, su primer cidí. Qué mejor lugar que este café que ha luchado por permanecer a pesar de los avatares y los hados fatales, para el recital de Velandia y la tigra. El concierto de Velandia y la tigra, consagra a Kussy-Huayra, porque la gente de Bucaramanga y de Piedecuesta, que conocen de los afanes musicales de Velandia, y de la lucha de Kussy-Huayra por por el arte y la cultura, como en Fuenteovejuna, todos a una, se volcaron en la noche del 19 de julio, para en vísperas de la fiesta de independencia, emanciparse con la música de esta joven promesa santandereana, y su banda. El maestro Dimitri, cálido con su trombón de vara; pleno, Gabriel Matute con su bajo; el Bruce, despertando la piel con la pasión de su batería; ; Cediel, recordándonos que estábamos vivos con sus teclados; Carlos Navas, invitando, matizando con su saxo, Eder Chona, en el perfomance de la novia del Cabeza de burro, con presencia escénica, y Velandia soberbio con su guitarra y su voz.
Mejor reapertura no habría podido tener el café Kussy-Huayra, con el concierto de Velandia y la tigra. Ello es augurio, de que vienen buenos vientos, y que el café que reabrió sus puertas, en la caballeriza de una vieja casona al sur de Piedecuesta, va a ver satisfechas las expectivas de movilizar el arte y la cultura que no se matricula con lo oficial, porque sus constructos y supuestos no son propiedad de nadie, sino del mismo pueblo, que es el que les da vida y entidad.

RENCOR*, LA NOVELA DE COLLAZOS SOBRE LA OTRA CARA DE CARTAGENA DE INDIAS

Cartagena es de esas ciudades que como Estambul o Alejandría, tiene un encanto que sorprende, pero a la vez es paraíso e infierno, aunque como con las caras de la luna, sólo se sepa de su faz iluminada, esa de mostrar al visitante, al turista con la ciudad amurallada, metaforizada en el Corralito de piedra, con los baluartes, castillos y fortalezas, la Casa del Cabrero, el Cerro de la Popa, en el sector histórico, y esos cochecitos de tiro, que se aventuran por las estrechas calles de la ciudad vieja de balcones colgados de las altas paredes de las casas coloniales, allí donde García Márquez, también tiene un espacio para cuando viene al país, y que algunos han pedido al nóbel colombiano que ceda para convertirlo en museo, ya que permanece más en México, su lugar de residencia, más que en Colombia, ahí mismo donde el actor, Salvo Basile, encontró un lugar para el descanso.
Pero, Cartagena tiene su cara oculta, esa que permanece en las sombras, y de vez en cuando salta felinamente, y muestra sus garras. No es la ciudad de la Torre del reloj, ni la de la nostalgia del Muelle de los Pegasos, de El amor en los tiempos del cólera, ni la de la historiada Plaza de la Aduana, menos la de El Camellón de los Mártires. Es la Cartagena de la cara sucia, de los barrios levantados en estacones sobre caños malolientes y sucios, llenos de papeles y basuras, especies de palafitos sobre un mar de inmundicias. Es la cartagena marginal, la del rostro duro, la de la pobreza y la miseria, la de los desplazados, donde se puede juntar tanto la bondad como el crimen. En uno de esos barrios de la cara oculta de Cartagena, se levanta Keyla, una adolecente, hermosa mulatica, que para sobrevivir tuvo que meterse de puta, como otras tantas muchachitas de estos barrios sin futuro, personaje de la última novela, Rencor del escritor colombiano, Oscar Collazos.

La historia de Keyla, es extremadamente dramática. Llega a Cartagena con sus padres desplazada del Uraba. La miseria los ronda en ese barrio del Nelson Mandela donde se asientan. El papá trabajando de vez en cuando, mamando ron, como dicen los costeños. Keyla, madurándose a destiempo, antes de sus catorce años, yendo a la escuela, sin la esperanza de un futuro, viendo como sus compañeritas, desertan de la escuela, para ayudarle a sus papás, o como su amiga Miladys, dedicarse a la putería, para espantar la miseria.
Oscar Collazos, apela a la técnica del documental de cine para hacer más intensa y creíble la historia, al abordar esta novela sobre una Cartagena, que como lo comenta la escritora y catedrática Florence Thomas, está lejos de la que nos venden los reinados. El autor recurre a la técnica del documental para poner de frente al personaje, Keyla, la adolescente que frente a la cámara relata tras las rejas, en ramalazos de recuerdos su vida, especialmente, porque fue la situación que le dejó una herida muy grande, de esas que se restañan y se vuelven a abrir, aquella de cuando después de tantos asedios"... mi papá me jaló de una mano y me botó en la cama. tenía tanta fuerza que a medida que me resistía me sentía más débil. Me subió el vestido, me tapó la cara. Cerré los ojos. Pensé: yo sabía que esto iba a pasar y está pasando. Me abrió a la fuerza las piernas. Sentí tanto dolor cuando me metió su cosa, que el dolor se convirtió en algo raro más fuerte que el dolor. No sé como explicárselo. Dejé de sentir dolor y volví a cerrar los ojos. Pensé en las modelos de las revistas, en lo lindas que eran, en esos cuerpos blancos vestidos con ropas muy caras...sabía que mi papá me la estaba metiendo, que respiraba como un puerco, que el olor a ron envenenaba mi respiración. Eres una mala hija, eres una puta, me gritaba. Y echaba baba en mi boca y en mis orejas...Si le cuentas a alguien lo que pasó, te mató, te juro que te mato, me dijo cuando terminó y salió corriendo hacia el patio, arreglándose los pantalones..."
Con Rencor, Oscar Collazos reafirma, por qué es uno de los narradores colombianos con mayor oficio, identificado en un lenguaje sin adornos o rebusques, llano y sencillo, ese que la vida misma, dura y cruel, le ofrece a sus personajes (ya observados en la marginalidad y tragedia de sus primeros cuentos, que traen a la memoria su Bahía Solano en Son de máquina), desperdigados entre sus novelas, tocadas de erotismo como Adios a la virgen, La modelo asesinada, y Batallas del monte venus. Rencor, en definitiva es la radiografía del país actual, que ha condenado a personajes rurales como Keyla, al infierno de la marginalidad de las ciudades, por ese problema de la tenencia de la tierra, que a Urabá la convirtió en un campo de guerra, para malestar de los campesinos, forzados al desplazamiento.
*COLLAZOS, Oscar. Rencor. Bogotá : Seix Barral, 2006 (2a. edición)

sábado, 14 de julio de 2007

FESTIVAL HATOVIEJO COOTRAFA, RECUPERACIÓN DE LA MÚSICA ANDINA Y LLANERA

Colombia es un país de una gran riqueza cultural, si se observa que por su topografía quebrada que forzó a formar regiones, y por el sincretismo étnico como resultado de las fusiones raciales, provocadas por el proceso conquistador español, y la traída de negros del africa, para que sirvieran en las minas, la música y las danzas no fueron una, sino varias, con los sabores y los colores propios del Llano, de los Andes colombianos, de la costa Pacífica y el Caribe. Cada región folclórica, vendría a caracterizarse con aires musicales influídos por el clima, el paisaje natural de la zona, y la influencia de la música indígena, española y negra como aportantes foráneas.
No extraña por lo tanto, entonces, que en colombia se den con generosidad una ristra de festivales, empeñados todos en no dejar morir el folclor regional. Por eso, ese afán de recuperar espacios, através de estas convocatorias musicales, para que no se pierda la tradición, y a la vez, permita que la tradición se renueve, asi le duela a los puristas. Ejemplos de estos festivales abundan: los del vallenato, el porro, el fandango, la gaita y la cumbia en la Costa Atlántica. El Festival del Mono Núñez, en Ginebra (Valle), donde se convoca a la música colombiana, en la responsabilidad de intérpretes y compositores, que pueden tomar el riesgo de buscar nuevos matices, acordes, transfugarse de la tradición, o acogerse al purismo. Con mi pie izquierdo, apelando al humor y a la fuga, ganó este festival del mono Núñez, merced al ingenio musical y letrista de John Claro.
Pero, uno de los festivales con mayor arraigo en el país, el de Hatoviejo Cootrafa, que acaba de culminar, en su XXI versión, en el pueblito antioqueño de Bello. Esta vez, convocó a los paisas y demás gente del país, que no han perdido el sentido de pertenencia, y se identifican con la música andina colombiana y llanera, en El Cerro del Angel, una especie de mirador hacia Medellín y El Valle del Aburrá, como lo es la Mesa de Ruitoque, donde los santandereanos realizan el Festivalito Ruitoqueño, catalejo abierto hacia Floridablanca, Girón, y Bucaramanga.
Santander le apuntó en esta versión del 2007, al primer puesto en obra vocal inédita, con Gota de sol, una especie de bambuco, para dos voces, hecho en ese matiz y postura de la música colombiana nueva, con visos de renovación, fresca y poética en los versos.
Destacable del festival que los grupos instrumentales, los conforman gente joven, capaz de hacer arreglos atrevidos, para instrumentos, que nunca se pensó en otros tiempos se pudieran juntar para armonizarlos. Qué bien la presencia de una compositora joven paisa, Luzmarina Posada, con una Guabina, Al borde de tu voz, puesta en unos acordes y en unos versos que aperturan al amor sin caer en melodramatismos, donde apunta la metáfora capaz de expresar un sentimiento sin que supure lágrimas. Y, ese bambuco, canto de la esperanza, que tanto le hace falta a un país dolido y hastiado de muertes, A pesar de tanto gris, recordándonos que el sueño de ser felices, no es una utopía, y que está al alcance de las manos, en la grieta de una pared, a la vuelta del camino, entonces por qué desesperar, y no buscar la esperanza.