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lunes, 15 de julio de 2019

ONÍRICA














foto intervenida

Noche sin luna,
tan callada que  los sapos,
han suspendido su monótono croar 
en las charcas,
y los grillos y cigarras, 
su orquesta de bajos y tenores,
en el bosque de ceibas y encinos
Se ha detenido el tiempo,
blindando las horas 
en un limbo de carbono.
Nada se escucha,
nada se ve.
Sueñas con una sirena varada 
en un mar de cristal.
Quieres moverte en tu sueño,
pero no puedes.
La sirena tiene los ojos abiertos, 
pidiendo  auxilio,
pero no puedes ayudarla,
y chapalea,
rompiendo los cristales de agua, 
con sus aletas,
con su cabeza,
con su dorso,
hasta liberarse.
Te despiertas, 
y tus pies,
tus costados,
tu cabeza,
son grifos de sangre.

lunes, 8 de enero de 2018

DELIRIO



Pintura de Darío Morales, Ana María entrando en la bañera





La noche cuajada de estrellas,
entra por la ventana.
Un concierto de cigarras,
en la ceiba vecina 
despierta la noche;
y su vestido blanco,
rueda abajo de su espalda 
carnal,
perfecta,
alentando el deseo.



lunes, 18 de junio de 2012

Noche sin grillos


No la sentí llegar, por la modorra que me había causado la tercera botella de aguardiente. Cuando el aguardiente se me hace dulzón, sé que estoy a punto de emborracharme, entonces me levanté de la mesa, a pesar de los ruegos de los amigos para que me quedara otro rato, pagué la ronda, y me aventuré calle abajo, a pesar del peligro que entrañaba transitar la Calle de las alcahuetas, a esa hora de la noche, de alta densidad de malandrines entrenados para el raponeo de carteras, el cuchillo en la espalda, y no haga movimientos raros, hermano, porque le corto hasta el alma, en medio de los ventorrillos a lado y lado de la vía, y la hedentina de orines revenidos.

Una puta, a la que llamaban la cremallera, tenía en la mejilla izquierda una cicatriz larga y cosida tan burdamente, que le quedaron las huellas de la sutura como un sierre, me acompañó hasta uno de los caserones de la ciudad histórica, donde vivía. ! Doctor!, no es hora de andar por estos lugares tan peligrosos, en semejante borrachera.
Era fuerte, y bonita a pesar de la cicatriz. Le había hecho un favor que me agradecía hondamente. Tenía un niño, al cual le bajé la fiebre una noche que llegó al hospital sin un peso, y el niño delirando: la gastroenteritis lo estaba matando. Se la combatí, por nada, por humanidad. Ni siquiera acepté su gratitud de una noche de cama. Me ayudó a entrar al cuarto, que tenía puerta a la calle, y se fue luego con la noche, que empezaba a ventear un frío glacial. 

En la cama todo empezó a darme vueltas, hasta caer en un abismo de remolinos, y flotar, luego, en una nata de silencio. Sé que es una mujer, la que está aquí. Tiene los ojos almendrados, y me llama, para que la siga por los zaguanes del patio de geranios, nomeolvides,  y begonias. La sigo como si levitara, pero lo más extraño,  que no escuche el griterío de los grillos en el patio, y al mirarme en el alto espejo que cuelga encima del lavamanos, no me devuelva la imagen de  mi cara