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lunes, 25 de agosto de 2025

LA MUJER DE LOS OJOS DESVAÍDOS (Cuento)

 






LA MUJER DE LOS OJOS DESVAÍDOS

La vi por primera vez, aquella noche en el bar, sentada en la barra, mientras se tomaba un cerveza con una lentitud de caracol. Me senté a su lado, y se escuchaba a Silvio, cantando algo de una mujer con sombrero y Chagall. Miraba con esa mirada desvaída, que siempre le conocí, hacia uno de los espejos del bar.Me senté a su lado, y pedí un "amarillo". Ella, volteó a mirarme, hace bien que se beba un whisky, está haciendo frío, y se frotó las manos.

Otra de las veces, estaba parada frente a la catedral. Vestía de blanco, un traje etéreo como su mirada. Me vio, y se acercó, en el momento en que tomaba unas fotos de las palomas en vuelo, ya recuerdo, fue el que se sentó junto a mi, en el bar donde ponen trova cubana, y estuvimos hablando de sueños y tonterías de la vida. Lo dijo tan simple, que cualquiera hubiera pensado, de escuchar la conversación, que realmente habíamos hablado de frivolidades, cuando la charla se fundó en la existencia como acción, en esa postura ética de Sartre, tema que se volvió reiterativo en nuestras charlas.

Creo que le gustaba el puerto, en esa hora en que recalaba algún barco, y ella esperara a alguien que nunca llegaba, pero se le veía feliz, a pesar de esa mirada desvaída, que se había anidado en sus ojos para siempre. Muchas veces la vi allí, recostada contra la baranda. Un viento indiscreto levantaba su falda, y a ella no le importaba que quedaran al descubierto sus nalgas rotundas.

Volvimos a encontrarnos en el bar de la trova cubana. MIlanés, cantaba aquella letra de la mujer que deja en la camisa las flores de abril. Ella se acercó a mi mesa, y me brindó una cerveza, pero primero la bebió a pico de botella, y me la puso en las manos. Sin pensarlo, bebí la cerveza, también a pico de botella. Sonó Portavales, y ella me sacó a bailar. Dimos unos pasos, entre dengues y contoneos sueltos, y luego nos pegamos. Sentí el calor de su cuerpo, a pesar de la mirada desvaída. Nos besamos, con ansiedad. Quizás ambos, esperábamos ese beso. Terminamos en la playa, sin luna, haciendo el amor entre el yodo y el salitre del mar.

Después no la volví a ver. Desapareció como por ensalmo, dejándome una herida en el alma, porque de verdad, había empezado a amarla. Hoy, he recibido una carta de ella, sin procedencia, sintética: "amor, pudo más Sartre y la acción"

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Las razones del suicida





  La primera que empezó a notarlo "raro" (y enfatizó esta palabra en el circulo de amigos que habían conformado para discutir sobre filosofía, arte y política) fue Rosaura. Algunos -ella lo intuía en sus miradas-pensaban que era pareja de Rogerio, pero su relación no iba más allá de encontrarse en algún café de la ciudad vieja, a tomarse un tinto o unas cervezas, y analizar los artículos de El viejo topo, que con semanas de anticipación, separaban en la librería de don Matías, el único librero que había lograda sobreaguar la crisis de la baja venta de libros con la aparición del internet, pues escasamente, llegaban de tres a cuatro ejemplares de la revista, dado su alto precio por los costos de importación.

 La preocupación cundió al grado de la alarma, cuando Rogerio, en las controversias al interior del grupo, se volvió monotemático con el tópico de la libertad absoluta como justificación de la vida, y no lo daba por agotado, tras haberse concluido que la libertad absoluta, era una entelequia, situación meramente ideal en la imaginación.

Entonces fue que se aisló, y se le veía en la biblioteca, indagando en los libros de los existencialistas franceses, Sartre y Camús, de manera febril sus posturas sobre la libertad y el sentido de la vida. Más en Camús, que había puesto en el terreno de realidad de novelas y dramas (El extranjero, Calígula), su enfoque sobre la libertad absoluta.


  Cuando la policía, llamada por los vecinos que sintieron quebrado el sueño por el frío pistoletazo de la madrugada, logró echar abajo la puerta del cuarto, lo encontró en un charco de sangre, la pistola agarrotada en sus dedos,y en la cama un libro abierto de pensamientos sueltos de Albert Camus. En la página abierta había subrayado: "esa carencia de una razón que justifique su existencia es lo que convierte al hombre en un ser absurdo y sin sentido...Sólo hay un problema filosófico verdaderamente serio, el suicidio. Juzgar si la vida es o no digna de ser vivida es la respuesta fundamental a la suma de preguntas filosóficas"