Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta La casa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La casa. Mostrar todas las entradas

viernes, 21 de septiembre de 2012

Circe




Sintió el chapoteo de las botas en los charcos que había dejado, entrada la tarde, la lluvia en las losas del ancho callejón. Miró con sigilo por los huecos de la cortina, que a propósito había agujerado con una colilla encendida de cigarrillos Pielroja. Vio a los hombres de uniforme pegarse a la pared de la casa, como lapas. Se palpó la pistola en el cinto, pero pensó que era un suicidio enfrentarlos. Corrió al patio de los geranios, mientras los de afuera, abrían el portón de entrada al caserón, a punta de metralla. Se abrió camino por un sendero que llevaba a un solar poblado de limoneros, y de un salto felino alcanzó el borde del paredón, y saltó a la calle, cayendo como sabía hacerlo en puntillas,  felino humano, y emprender una carrera veloz, por el laberinto de pasajes amplios, que habían construído los turcos, para levantar su mercado de toldos y tenderetes, mientras las balas le silbaban en montonera, y él no sabía si estaba vivo o muerto pues un miedo cerval, no lo dejaba pensar. 
Una mujer, en ese dédalo de pasajes, lo agarró con fuerza animal, y lo metió en su casa, cuando los de uniforme, estaban a punta de darle cacería. La mujer de ojos como el mar, pelo de trigo, boca carnal, como buena anfitriona, ha satisfecho su sed, y le ha dado de comer con generosidad, y en las noches frías, ha arrimado su piel a la suya, dejando  que él le abra las piernas, y entre en ella, cuantas veces quiera, animal o tiernamente. El hombre es feliz, pero extraña a los suyos, aquellas montañas, a donde un día se citaron a pelear el pan para todos, y juraron sobre el latir de sus emocionados corazones, tumbar al déspota. Y puede más el deber. Por eso ha intentado fugarse varias veces del lugar , pero se le hace raro, que cada vez que amaga escaparse, la casa parece girar,  escondiendo en cada una de sus vueltas,  la puerta que da a la calle.

viernes, 6 de febrero de 2009

LA CASA




Por el camino polvoriento,
voy,
mi carcaj cargado de memorias y aventuras.
Cruza en bajo vuelo,
el guañuz su sombra negra,
el sendero de mi retorno,
y en el aire detenido
el calor se hace una hoguera.
Vengo desandando las rutas de los mares,
en veleros de gavias desteñidas
por el sol,
la sal,
el yodo,
y el olvido.
He bajado en puertos,
-recuerdo de mujeres
odorosas a canela-
a donde la muerte
acechaba entre sus piernas
- lunas congeladas-
de traición y de perfidia.
He parado en el lugar
donde los niños mataban el hambre
con sopas papel,
y hoy toman de la mesa,
hogazas de pan:
han tumbado la estatua del tirano.
La casa está cerca,
el camino se abre
a sus anchuras,
olfateo sus ladrillos cocidos
como el pan candeal
en hornos de amor a la arcilla.
Su puerta de roble ennoblecido
en el riñón de la montaña,
los ventanales viendo el cielo,
y el sendero,
que es mirar al mundo.
Adentro sus cuartos y pasillos
espaciosos ,
preñados de un pasado de leyenda
-patasola y madremonte-
contado por abuelos bravos
descuajadores de peñas
y montañas.
¿A dónde la prima,
- despuntaban sus pechos-
que me dio el primer beso,
y se fue sin decirme nada?
¿A dónde el viejo aquel,
-hablaba con los árboles-
que me enseñó a guardar sus esencias,
fragancia de mis primeros amores?
A dónde la mujer,
-mariposa desnuda revoloteando
en los cuartos de los hombres
mayores-
que satisfizo en su cuerpo perfecto,
mis primeras ansiedades?
He terminado la jornada,
y ahí está la casa...
pero...
¿qué se hizo
aquella la imponente
alzada al sol,
y a la rosa de lo vientos
como un barco guerrero
que navega en tierra,
y no este triste muñón,
donde la hiedra y el abandono
manchan de negro los recuerdos