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miércoles, 25 de noviembre de 2009

Cerrazones


Sólo sé,

que hay momentos

en la punta del iceberg,

cuando la vida

es una nube densa

donde no hay rostros

dulces,

ni tiernos besos,

menos la memoria de una lágrima.

Es la hora de duras cerrazones

lunes, 16 de noviembre de 2009

Huevos de ansiedad




He sentido


que la luna ya no era


mi hermana.


Que el sol se había


hecho noche,


que las palomas


volaban en un cielo


sin estrellas,


que las bocas


de los revólveres


vomitaban sus


balas de muerte,


y los niños,


jóvenes,


y viejos


rodaban de nuevo


a las fosas ya olvidadas.


!Qué terrible¡


la noche


sin candil,


y el viento frío


azotando las puertas


y ventanas de esta casa


poblada de ausencias


y en su ulular


un canto de hiena,


aria yerta,


que muerde adentro


como áspid inclemente.


Esta noche no hay


un


beso,


una


caricia dulce


que abrevie mi dolor,


espina en un costado,


que enerva con


ponzoña ,


el resto de este cuerpo,


hecho de nervaduras


simples y sensibles.


A la noche me asomo,


por una ventana de niebla


y no sé quién soy:


He perdido mi brújula


y astrolabio,


erro


por regiones sin contornos,


ilímites,


como esta angustia que pone


en mi alma,


huevos de ansiedad.




sábado, 7 de noviembre de 2009

Ansiedades


Sólo notas

de silencio

de mudeces.

Pero

alguien se agita

en esta noche

sin luna
y,
sin estrellas:

vos que ansías

un beso mío,

como

yo el tuyo

lunes, 2 de noviembre de 2009

Tan solas de vos


Te busqué

en la hoja de mis recuerdos

y no estabas.

Tampoco

aquella servilleta

donde escribimos

el poema
de nuestras pieles ardidas,

al alimón.

Tampoco estabas allí,

en el oscuro desván,

donde apretabas

tu boca contra la mía,

cuando necesitábamos

de unos besos,

que borraran las ansiedades
del día.

No te encontré

tampoco,

bajo la sombra

de la ceiba centenaria,

donde te abrazaba,

y beso a beso

te desnudaba

con afán,

buscando adentro de tus carnes

esa marmita

de calor de tu sexo,

que me hacía sentir vivo.

He entrado al viejo bar,

y ahí tampoco estabas.

Vacía está la barra

donde te sentabas,

y esperabas

a que llegara,

haciéndome un lugar al lado tuyo,

para cantar

con la melancólica guitarra

del barman,
la canción de Serrat,

que tanto nos gustaba:

"la mujer que yo quiero

no necesita

bañarse cada noche

en agua bendita..."

!Cómo me duelen las cosas,

tan tristes,

tan solas de vos¡.