
Sé que estás ahí,
sentada en el fresco del jardín
de tu nueva casa.
Cómo quisiera ser el viento
para llegar a vos,
y agitar con mi brisa
el mar sereno de tus ojos
crítica, pensamiento,mundo cultural, ensayo, producción narrativa y poesia, artes escénicas.




La conocí por azar,
el mismo que juega un rol decisivo en los cuentos de Borges. Venía del otro lado del Atlántico, de la tierra donde un presidente, ante quien debían caer rendidas las mujeres, era el que se postraba a los pies de una modelo y cantante, Carla Bruni, echando de bruces su matrimonio, y haciéndola primera dama del gobierno francés. De allí, donde Charles Aznavour, el de Venecia sin tí, enjaulaba los corazones con su voz entre nostálgica y tristona, y Edith Piaf , se ganaba el alma de los latinoamericanos, cuando cantaba, Que nadie sepa mi sufrir, con sus erres arrastradas. Cayó por el colegio donde trabajo, el Balbino García con su cicerone, una exalumna, Diana Jiménez. Había llegado al país, invitada por Freddy Gómez López, quien en una de sus travesías por el mundo con el grupo de danzas de la Universidad Industrial de Santander, la conoció cuando el periplo cultural recaló en las tierras de Sartre y Camus, los existencialistas, en los cuales abrevó, el poeta Gonzalo Arango, para fundar el Nadaísmo en Colombia. Menuda, y bajita, enfundada en sus gafas que la hacían ver como una niñita aún cursando el bachillerato, quien iba a pensar, que ya andaba por terminar una carrera en el campo de la arquitectura para las artes escénicas. Terminé por regalarle mi novela, La saga del último de los duros, con la promesa de que la leería, en el metro parisino. Colombia le encantó, y la sedujo Cartagena, con la magia de la ciudad vieja, ese corralito de piedra, que recuerda el fasto colonial. Por eso su tesis de grado, la motivó hacia Colombia, con una especie de aparador, con lo mejor del país. Por ahí, asomó la cara, Gabriel García Márquez, y el café nacional.
danza y el folclor, otras costumbres y maneras de ser de los pueblos; por eso tras el cristal, sus ojos se mueven rápidos para captar a los danzarines en sus giros, y desplazamientos como si fueran una cámara digital. Ella, he ahí una de las virtudes de sus bocetos, atrapa el movimiento, que es donde reside la naturaleza del dibujo o la pintura. Nada en ella es rígido. Por esos sus dibujos tienen vida: se vitalizan con el movimiento. De ahí rl vigor de Los músicos del Ecuador, de Gerardo el Mariachi, de la niña búlgara, de Jonquille, la flor de la primavera francesa. Por eso sus dibujos y bocetos tienen encanto, porque saben atrapar el movimento, ella los sabe, cuando le escucho decirme en el esfuerzo de su español que trata de atrapar la idea en sus fonemas arrastrados que "me gusta dibujar en el metro (allí retoca, retoma ideas, vuelve a bocetiar), me gusta dibujar los músicos y los bailarines, me gusta dibujar la gente cuando no lo saben, se mueven, son naturales..", de ahí que encantan, porque están hechos del alma humana, y no del artificio.



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