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viernes, 31 de agosto de 2007

La mujer vegetal

La mujer olía a monte
a yerba mojada por la lluvia
a menta que refresca.
Cuando en noches de luna
juntábamos en el goce
la desnudez de la piel
el cuarto se inundaba
de fragancias vegetales
que tenía un bosque
sólo para mí.

jueves, 30 de agosto de 2007

La mujer del presagio (minicuento)

Cuando vio la mujer de los ojos como lagos profundos, algo le dijo en su interior que ella sería su perdición , y no alcanzó a disipar la sombra del augurio, cuando aferrado en el goce pagano al cuerpo desnudo de la mujer, en su nuca el clic de un revólver engatillado le confirmaba el presagio.

martes, 21 de agosto de 2007

ESTO HUELE MAL, UNA PELÍCULA BUENA, CON UN FINAL ANODINO

Nadie pone en duda que el cine colombiano anda por buen camino. Lo ratifican películas como Bluf, Mentes en Blanco, La historia del baúl rosado, Soñar no cuesta nada, El rey, entre otras. Y vienen más películas, que se encuentran en etapa de postproducción, como la de Pacho Bottía, que sorprendió años atrás con su ópera prima, La boda del acordeonista. A ello, ha contribuido (es bueno reconocerlo) la política de empréstitos y financimiento del fondo cinematográfico del Ministerio de Cultura.
En estos buenos momentos del cine colombiano, muestra la cara, Esto huele mal, de Jorge Alí Triana, basada en la novela del peruano Quiroz, cinta cuya fotografía y sonido resultan impecables, por lo que no extraña que haya agarrado público, como para sentar precedentes de taquilla. Esto huele mal, ha contado con la fortuna de una estupenda productora, Clara María Ochoa( la misma que puso a caminar, Soñar no cuesta nada, de Triana junior),y la dirección de Jorge Alí, que se ha movido entre las tablas y el cine.
Quién puede olvidar su entrega al Teatro Popular de Bogotá, en aquellos tiempos de la insurgencia del fenómeno del Nuevo teatro colombiano, década del setenta, al frente de obras como I took Panamá, La primera independencia, de Luis Alberto García, La ópera de los tres centavos, de Bertol Brecht, y Lanza tus flechas Sintana.
Después de la crisis que condujo a la desaparición del Teatro Libre de Bogotá, vendría un Jorge alí Triana -que ya había hecho pinitos con películas estimuladas por el cine de sobreprecio que patrocinaba Colcultura- con mayor envergadura cinematográfica: Tiempo de morir, y Edipo Alcalde, guiones de Gabo, para retornar a las tablas, con una especie de teatro de compañía, y llevar a escena, La cándida Erendira y sus abuela desalmada, Crónica de una muerte anunciada, y La fiesta del chivo, dirección y adaptación suya de la novela del peruano, Mario Vargas Llosa.
Ahora, de nuevo Jorge Alí Triana en el cine, con Esto huele mal. Una historia bien contada cinematográficamente, apoyada temáticamente en la infidelidad, un tópico recurrente en el cine, y que en esta cinta, el protagonista, cuando siente que puede ser descubierto por su mujer, se inventa una mentira: esa noche de la cual sospecha su esposa, él estaba en el Club El Nogal, que sufrió (años atrás) un atentado terrorista. La película obra con encanto, mientras el protagonista, arma toda las estratagemas posibles, para crearse una imagen de víctima del atentado, al cual pudo sobrevivir. Relevante la actuación de Diego Cadavid, que como amigo de Diego Bertie, el esposo infiel, le ayuda a tramar la descabellada historia de su estancia en el Nogal, cuando la bomba derrumbó el club. Convincente, la actuación de Valerie Domínguez, la exreina de Colombia, como la amante. Sabe manejar la voz, y tener presencia frente a la cámara.
Pero, el final desinfla, cuando el protagonista quiere revelar la verdad, y se crean situaciones en nada elaboradas, para darle término a la historia, que el espectador nunca espera que termine así: anodinamente.

jueves, 16 de agosto de 2007

ABRAPALABRA 2007, CON RODRIGO JIMÉNEZ, EN EL CAFÉ KUSSY-HUAYRA

La magia de los cuentos oralizados, que nos reportan a los tiempos de Las mil y una noches con Scheherezada, enhebrando cada noche relatos de ensalmo que dejaba sin terminar, para interesar al rey, y éste no la asesinara, la vive Santander, como un ritual inmancable cada año.
Espacios abiertos y cerrados de la Zona Metropolitana (Bucaramanga, Floridablanca, Girón y Piedecuesta) vivieron el Abrapalabra 2007, con la presencia de cuenteros de la estatura de Nicolás Buenaventura, hijo del maestro Enrique Buenaventura, director de siempre (aunque esté muerto) del Teatro Experimental de Cali, cuyos relatos tienen un encanto poético, mítico y teatral; Roberto Nield, argentino, con unos cuentos frescos, con sabor a calle, y un humor (no chiste), para reir pensando, y Rodrigo Jiménez, colombiano para más señas, titiritero, con su Loca Compañía, entre otros.
Este l4 de agosto, Rodrigo Jiménez, que es de todas partes, y como Facundo Cabral lleva la casa consigo, estuvo en Piedecuesta, en el Café de las González, mejor dicho, Kussy-Huayra. Rodrigo, que ya había hecho presencia en este café-arte, con su Loca Compañía, y En la diestra de Dios padre, una versión muy particular para teatro de muñecos, se apersonó de nuevo del espacio, pero esta vez, para atraparnos en la facundia de su palabra para contar sus propias historias y cuentos, en los que se conjugan la sabiduría oriental y su fino humor, con la anécdota y las situaciones cotidianas que vivencian unos personajes muy propios y populares de las costas y el caribe colombiano, pero que en el fondo son país, que hace folclor con la marihuana, y la religiosidad popular. He ahí su acierto: hacer pensar y reir inteligentemente con la idiosincrasia oriental confrontada con la colombiana, adobándolo con un humor que hiperboliza y exagera.
Bien por Rodrigo Jiménez, que se ha ganado el afecto de los teatreros piedecuestanos, y la gente que cree en la propuesta cultural de Kussy-Huayra, café que le viene apostando al arte independiente, y por eso su espacio abierto para quienes no han claudicado al esfuerzo de crear desde cualesquiera de las orillas de eso que llaman tan artificiosamente las manifestaciones del espíritu.

sábado, 11 de agosto de 2007

TEATRO UIS, Y LA CULEBRA PICO DE ORO

En las décadas del sesenta y el setenta, cuando el teatro colombiano (que no traía una tradición como el mejicano y el argentino), empezó a reconocerse en las necesidades del país, a darse un rostro con los problemas sociales, políticos y económicos nacionales, a recuperar la historia desde hechos populares, apoyándose en experiencias del teatro del absurdo de Ionesco( Las sillas), de Becket (Esperando a Godot), en el Teatro Épico de Bertol Brecht, y su teoría del distanciamiento(Círculo de tiza, Madre coraje), en los presupuestos del teatro pobre de Grotowsky, en los lineamientos de Augusto Boal(El arco iris del deseo) para un teatro en la censura, en el laboratorio político de El Escambray de Cuba, y El Galpón del Uruguay, dirigido por el maestro de maestros, Atahualpa del Cioppo, surgieron dos enfoques como propuesta dramatúrgica, para materializar el sueño de una escena fabulada a partir del imaginario nuestro, que no era otra cosa que darnos identidad teatral, para el nuevo teatro colombiano: la creación colectiva, tendencia avalada por Santiago García y su teatro La Candelaria, Enrique Buenaventura,y su Teatro Experimental de Cali, Jorge Alí Triana, y su Teatro Popular de Bogotá, y la perspectiva de la creación de autor, nucleada en Teatro Libre de Bogotá, dirigido por Ricardo Camacho, y con un equipo de dramaturgia de autor, encabezado por Jairo Aníbal Niño, Esteban Navajas, Sebastián Ospina, y otros.
Eran tiempos de controversia aquellos cuando el mayo 68 francés, el hipismo su vida comunal y el retorno al buen salvaje, el existencialismo de Sartre y Camús, la revolución cubana, la teología de la liberación, el agrarismo, el capitalismo, la sociedad de consumo, y la ausencia de justicia social en una América Latina, trajeron nuevos vientos para el pensamiento, la letras y el arte en estas tierras de más abajo del río Bravo. Colombia, a través del Nadaismo, de la narrativa de García Márquez (La mala hora, La hojarasca, Los funerales de la mama grande), de la pintura de Obregón, Botero, Beatriz González, y del teatro panfletario universitario, que habría de acrisolarse en las posturas de la dramaturgia de autor y colectiva, para enriquecimiento del nuevo teatro colombiano, empezaría a mirarse en sus entrañas, y a pensar en un país diferente.
La dialéctica bajo la cual se da la experiencia del nuevo teatro colombiano, nadie puede poner en duda que fue altamente significativa para la dramaturgia colombiana, y la dirección teatral. Hoy, ese bagaje dramatúrgico, y de dirección que surge del teatro, se ha volcado al cine, u oficia en ambos ámbitos. En esos tiempos de controversia teatral de los setenta, conocí a Omar Álvarez, quien afinado con el pensamiento del Teatro Libre de Bogotá, creó, El Teatro Libre de Bucaramanga, con su escudero Elbert Sotomonte. Eran los tiempos en Santander de César Badillo y su teatro Butaregua, de Jorge Prada y Fidel Ocaziones, sitos en la orilla del pensamiento de Santiago García y Buenaventura. Relevante estas posturas, que en lo estético, llevaban a considerar que los de la dramaturgia colectiva eran muy realistas, y los de la creación
de autor, extremadamente naturalistas(los críticos traían a colación la exageración del Libre de Bogotá de meter una cabaña en escena, en la Balada del café triste). En el fragor de estas escaramuzas teatro-ideológicas -porque en el fondo las direccionaba un afán político, no panfletario, pues eso se superó- se formó Omar Álvarez, para un oficio que sabe hacer en el teatro: dirigir.Uno de sus montajes de gran recordación, El cuento de las naranjas dulces, de Gustavo Cote Uribe, obra premiada en España, apoyada musicalmente por la Banda del Departamento, que dirigía el maestro Alfonso Guerrero.
No extraña, por lo tanto, que hoy, Omar Álvarez, esté al frente del grupo de teatro de La Universidad de Santader (UIS), y que haya puesto en escena uno de los eventos históricos de mayor calado popular, del 7 y 8 de septiembre de l879, que involucró a los artesanos y comerciantes de la Bucaramanga de entonces, en hechos de sangre, que la historia que enseñan en los colegios, elude, y sólo deja para las tesis de grado, o las investigaciones de la Academia de historia, condenadas al polvo y el abandono de los estantes. Titulada como La culebra pico de oro, nombre con el cual se identificaban los artesanos, que se veían disminuidos económicamente por el auge del comercio,en esta obra los hechos históricos se funden con la ficción, y con acierto y humor, Clara Guerrero, fabula entre los acontecimientos históricos, la relación amorosa de Mariana -la hija de Nicolás Ordóñez, uno de los más prestantes comerciantes de Bucaramanga- con Antonio, un empleado de confianza de su padre, pero hermano de nadie más y nadie menos, que Celestino, el dirigente de la temida facción de artesanos de la Culebra pico de oro.
Relevante la actuación de Mario Martínez, en el papel de padre, con su rol de hombre despistado. Imponente, Adolfo Merchán, en el rol de Celestino, el líder de La culebra pico de oro. Muy gritona, Laura Díaz, pero convincente, en su papel de hija. En Federico Prada, como Antonio, vale destacar la recuperación del acento santandereano. SE siente en él la tierra.
La culebra pico de oro, tiene humor, personajes consistentes, y costumbrismo porque muestra el comportamiento social de los bumangueses en la segunda mital del diecinueve. De ingenio, las alusiones a la casa del diablo de Puyana, y la presencia de los alemanes, por meros intereses capitalistas y expoliativos de los recursos naturales (quina, tabaco). Quizá la dramaturgia flaquee al finiquitar la relación de Mariana y Antonio, con ese final de telenovela, cuando el alemán FRanz, a quien el padre de Mariana le había prometido su mano, irrumpa en la alcoba de ésta que se encuentra con Antonio, y le dé muerte a éste, y Mariana al alemán. Pero, en el fondo, queda la sensación de que director y dramaturga, se quieren burlar del melodrama televisivo, y eso no tiene reparos. El final, en el desaire frustrado a los alemanes,un buen remate dramatúrgico, una lección, precisamente en estos tiempos cuando se hace necesario recuperar la dignidad nacional ante tanta genuflexión al imperialismo gringo.

lunes, 6 de agosto de 2007

BERGMAN Y ANTONIONI, DOS GENIOS DEL CINE EXISTENCIAL

Recuerdo que fue en un teatro de pueblo (la niebla de la memoria no me permite acercar el zoom para esclarecerlo), donde me tropecé por primera vez con una película de Ingmar Bergman. Era de nazis, pero en una perspectiva diferente a las películas norteamericanas sobre el género, que lo fundaban todo en el maniqueismo. Después supe que la película se llamaba en español, El huevo de la serpiente, y lo confieso, la manera de narrar de Bergman me dejó inquieto, así aún no comprendiera mucho de cine, y aún me causó mayor estupefacción, cuando me enteré de las dimensiones estéticas del cineasta, cómo una película suya vino a parar a la sala de un pueblo, invadido por el cine de charros y los filmes de guerra americanos.

Con Antonioni, fue otro cuento. Me di de manos a boca con Blow up, en un teatro de Bucaramanga que programaba cine doble mejicano, El Rosedal. Un teatro popular, y en una ocasión puso en pantalla películas con cuentos del escritor mejicano Juan Rulfo. El doblete: El rincón de las vírgenes, y El gallo de oro. Para sorpresa, no pasaron la historia del gallo que le dio la suerte a Dionisio Pinzón, con la ayuda de la caponera, y que era la sobremesa. A cambio, una historia surgida más del ensueño, de lo onírico, ese Blow up, del director italiano, Michelangelo Antonioni, que tomó el cuento de Cortázar, para ratificar que su cine, no seguiría la línea del neorrealismo italiano, que emerge en la postguerra, y a cambio aventuraría más por los pliegues del alma y el comportamiento humano.

Es ahí, en el escudriñamiento de los conflictos humanos, en el dolor existencial que se encuentran estos dos directores, que casi escogen el mismo día para morirse. Dos directores que inauguraron eso que ahora han dado en llamar cine de autor, porque las películas que dirigieron eran suyas, pues era su mirada sobre el ser humano, por no decir que una especie de buceo psicológico para intentar entender la complejidad de lo humano. Dos directores difíciles, en nada épicos, por aquello de que lo que los conmovía para hacer cine, era el hombre y la mujer, la pareja, la familia desde sus dificultades para convivir, soportarse, amar y desamarse.

Si habría que buscar hoy, directores de cine con una identidad tan claramente definida como la del sueco Bergman y el italiano Antonioni, quizás el que mayormente se les acerca es Woody Allen. Éste ha sabido interpretar el alma femenina, ha psicologizado a la pareja desde ángulos que ya habían tratado Bergman y Antonioni, pero poniéndola en el escarnio, en la burla con su humor sutil, ajeno a los gag, y a los chistes vulgares y ramplones de comedias que desprecian el relato interno, por las situaciones de hecho.
A no dudarlo, Bergman y Antonioni, dos maestros y genios del cine, a quienes les importaba un pito el cine comercio. Como un Kurozawa, por encima estaba el cine como arte. Por eso, siempre le apostaron a un cine intimista, indagando el pensamiento del ser humano en lo sexual, en lo religioso, en sus ambiciones, en sus sentimientos, en sus dolores, de ahí Gritos y susurros, Fanny y Alexander en Bergman; y en Antonioni, Las amigas, la aventura y La noche, cintas donde aflora el alma femenina.
A la muerte de Bergman y Antonioni, será difícil volver a ver en las salas el cine de estos dos genios, por lo que los cineclubes, tienen aquí una coyuntura para programar unos ciclos con estos dos directores incomparables. También, la oportunidad para que la televisión cultural se reivindique reponiendo las cintas de Bergman y Antonioni. Cuán grato fuera reencontrarse con su cine complejo pero humano, capaz de ponerlo a pensar y sentir, asi para aquellos que no entienden del cine como arte, les parezca jarto, y los invite al bostezo.