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jueves, 29 de enero de 2009

El callejón del puerto


Sabía pelear como los guapos. En el puerto no había quien le ganara a sus puños de acero. Le tenían un miedo cerval, a ese hombre que había derribado de un solo golpe una yegua embarbascada, y con su falcada, abriendo tajos certeros en la carne apretada, había dejado viudas a una decena de mujeres de estibadores con tradición en la historia del lugar, en el arte del deguello. Sólo que aquella noche serena, de plenilunio, cuando salió del barcito del muelle, oliendo a ron nativo, confiado de su astucia, al ver a los seis hombres que se atrevían a franquearle el paso, blandiendo sus puñales, apretó la falcada y embistió al primero, destrozándole el corazón de una sola puntada, al segundo en diestro lance, romperle la yugular hasta el desangre, pero nunca pensó, cuando retrocedió unos pasos, para esperar al tercero, que la sombra que se proyectaba a su lado, no era la suya, sino la de la misma muerte, emergiendo cuchillo en mano de la misma oscuridad del estrecho callejón que daba al puerto, a donde no llegaba la luz de la luna llena.