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domingo, 17 de mayo de 2009

Me callo la jeta mejor


Lo había visto primero en esos pueblitos de la costa norte, que en eso del mediodía se duermen bajo el inclemente sol, cruzar la larga y polvorienta calle, entrar al billar, el único lugar despierto a la vida en esas horas cuando el calor aprieta como el mismísimo infierno, sentarse en un taburete de vaqueta, con el acordeón terciado, pedir una cerveza !bien fría¡, beberla a pico de botella, y esperar a que el lugar se llenara de clientes, cuando amainara el aguacero de sol, para tocar y cantar sus merengues, sus sones, paseos y puyas, que prendían la fiesta hasta altas horas de la noche, cuando se le agregaban improvisados guacharaqueros y cajeros, y la percusión lograba el milagro de que las notas del desmirriado acordeón se metieran adentro de la piel, con un gustico que las manos se abrían en un rítmico palmoteo, y los pies se despegaban del suelo llevando la cadencia de la música, enfebrecida por el ñeque, que, como por ensalmo empezaba a circular de mano en mano.

No era ni muy alto, ni muy bajo, normalito como decía mi mamá para referirse a aquellas personas, cuya estatura es difícil de definir, pues tienen la extraña virtud de parecernos altas en unas ocasiones, y en otras la sensación de que son bajas. De ojos azules, es que es hijo de un alemán que le dejó a la vieja Nati, el buche lleno de carne y huesos, cuando estuvo buscando oro por la sierra, me lo dijo la sirvienta del cura de un pueblito, a donde un sacristán se robó hasta los hostias, porque el párroco no le pagaba sus servicios, y alguien (aún no se sabe quién fue porque permanece en el más oscuro de los anonimatos) le compuso un paseo, que todo el mundo se sabe, y que siempre recuerda en lo más prendido de la parranda, para mortificación del cura, si es que todavía vive.

Poncho Salas, ahora lo recuerdo muy bien, así llamaban al cantor y músico del cuento. Dicen los que saben que tocaba como un dios su acordeón de botones, !mierda, digitaba mejor que el man ese que compuso la Cachucha bacana, achinó los ojos el tal Nacho cuando me lo contó, músico y compositor también, de un pueblo cerca de Urumita, donde el patrono era el Santo Ecce homo, y me invitó a una ronera esa tarde que hablamos bajo el palo de mango del solar de su casa. Por la noche, solamente con la luz de la luna llena, cogimos sierra arriba. Al hombre le pesaba el acordeón, y tuve que ayudar a llevársela. Sabía que debía mostrarme agradecido. El hombre había empezado a soltar la lengua sobre la vida del Poncho Salas, de la que nadie quería hablar, ahora después de muerto, como si con sólo nombrarlo bastara para que a uno le cayera una peste fulminante encima. Ya, estamos llegando. Escucha los berridos? Son de los chivos que el compadre Chema va a sacrificar esta noche para la parranda. Ahora la sierra se aplanaba, extendiéndose en la noche como una mesa de billar, y las luces de la casa de la finca del Chema, emergían como grandes cocuyos ante la inflamada luz de la luna. Nacho, me presentó como un andariego en busca de historias, cuando estuve frente al Chema. Era alto, aindiado como los kogis que bajaban de la sierra a comprar comida. Se reía a borbotones, celebraba a cada rato las ocurrencias del Nacho. Es un buen acordeonero, no mejor que Poncho Salas, pero buen cantante como él..., y se calló repentinamente, como si hubiera cometido una imprudencia que le fuera a costar la vida, cuando hizo mención de Salas.
Al rato sacrificaron los chivos, y sus berridos se escucharon en la sierra profundos y tenebrosos. Nacho, se me acercó, mierda, esos animales se duelen como si fueran personas. Entonces, aproveché para sacarme una espinita que tenía atravesada en la garganta, Nacho, por qué a la gente de por aquí, le da miedo hablar del Poncho Salas?. Se quedó mirándome. Luego bajó la cabeza, me tomó del brazo, y me llevó por lados del corralón de los chivos para que nadie nos escuchara, Poncho Salas, si era un cantor del pueblo, un redivivo Francisco el Hombre, que tuvo agallas para hacerle un vallenato a los muertos y huyentes de la masacre de El Chengue, y por eso lo mataron.Ve, por qué me callo la jeta mejor?