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viernes, 20 de agosto de 2010

El Maestro Espinosa de mis asombros











Sabía de él por sus pinturas, caracterizadas en la recreación plástica de objetos cotidianos, que llamaban al asombro: palas, martillos, escaleras, pipas, fósforos (cerillas), sillas, piedras, hojas que se animaban ante los ojos del espectador, y lo llevaban, en un correlato con los objetos, a fabular historias. Ahí tras los objetos una anécdota, el trasegar de la vida, la trascendencia de la existencia, pintura y espectador . No de otra manera podía concebir la etapa del Guillermo Espinosa auténtico, ingenioso y creativo, en una estética universal, paradojalmente, de las cosas habituales, a quien más tarde, el crítico de arte, Álvaro Ramírez, me llevaría a conocer, arriba de la autopista a Bucaramanga, por los lados de La Mata, donde vivía en una especie de bungalow, alejado del ruido y la mundanidad, y donde tenía su taller.



No lo niego que en el observador de esos utensilios, herramientas, menajes y máquinas, sin magia para los amordazados por lo material, pero que en los pinceles del maestro Guillermo espinosa tomaban la dimensión del ensalmo, se quedó anclado mi asombro, porque en esta obra, retomando los versos de Octavio Paz, dentro de mi me apiño, en mi mismo me hacino y al apiñarme me derramo, era él, su entrañalidad, su ser. Ahora el maestro es polvo, huella en el camino, de esos senderos levantiscos que recorría a pie, cercanos a su taller, abriéndose a campo abierto, como su pintura desbordante.