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sábado, 12 de junio de 2010

Me culpa, una crónica a destiempo para Guillermo Bustamante, que escribió desde su propia marginalidad








Uno no espera que se mueran los autènticos, aquellos que no necesitan de poses; aquellos que en el terreno de la literatura le han apostado a escribir desde adentro, con todas las vísceras, sin importarles la escuela o la tendencia de moda, en fin vacunados contra los ismos, la jactancia de los premios, el afàn del dinero, y esa apariciòn reiterada en la cara de las revistas literarias, o en las secciones de los periódicos donde se reseñan libros, y se le pone la tiara de escritor, a quien como el sobre del matador al comentarista taurino, lisonjea con las vil lukas, a quien pontifica -desde la ignorancia- sobre el arte de escribir.


Guillermo Bustamente , era un autèntico poeta, cuentista, y novelista, como lo fue, tambièn, el poeta Raùl Gómez Jattin, que hizo poesía desde su propio desarraigo, rompiendo contextos, hablando desde sus propios delirios, desde su propia forma de vivir desangelizada, pero hermosa y bellamente natural, porque amo los pájaros y la lluvia y su intemperie(1). Guillermo Bustamente, tambien como Jattin, a pesar de su vida cómoda, prefirió la calle.




Fue más allá que Henry Miller, viviendo bajo la sombra protectora de condesas y marquesitas europeas, que buscaban en París, testiculados latinoamericanos para calmar sus angustias sexuales. Bustamente dejó atrás el aparato de su premio nacional de Poesía Julio Cortázar (1995), su muelle oficio de funcionario público, y despojándose hasta quedar desnudo- como un San Francisco de Asís -de oropeles, y vanidades burguesas. tomó la calle, buscando en cada roto oscuro, esas ollas de la fementida Atenas suramericana, que es Bogotá, la nuez de sus poemas, de su narrativa. La noche sería una de sus compañeras, voltaira, impredecible, amarga, porque las noches no son siempre la misma, y hay noches de noches noches que son como cuchillos /hirvientes cóncavas/ásperas al simple querer del tacto / taciturnas / noches que son como candados/ amargas vacuas (2)

Lo confieso, mea culpa, hasta ahora me vengo a enterar que Bustamente, había dejado de andar por las calles bogotanas como un judìo errante, sin paz ni sosiego; que había dejado de fatigar sus quemaderos de marihuana y bazuco, a donde los vivos viven el infierno como marineros en tierra; que había dejado de indagar la vida por el lado más duro: el lomo del sufrimiento, para trasvasarla a sus poemas y relatos. Supe,-a pesar de la era de la informática, y las telecomunicaciones de que se jactan hoy los gurúes de las TICS, y que a Bustamante le importaban un culo- ya muy tarde, que se había mamado de esta vida y se fue a que le echaran la última palada en el Cementerio central de Bogotá, cualquier día de marzo de este año, qué importa el día, si para morir cualquier día es bueno para la muerte.


Ahí quedan sus poemas, poeta de la noche, narrador de las grietas de una ciudad, donde en sus calles la libertad se mide en una vincha de yerba, en un barilo armado para negar que se existe en la amargura, cocuyo que pasa de mano en mano en las calles que una vez fueron y que en su novela, Bustamente, llamó El Último cartucho, porque así como él ya no fue más, se volvieron ruinas y se hicieron noche para el crimen de Rosa La Perversa, un 24 de dieciembre, escenario perfecto para su ficción, que no era más que el barrunto de su propia deleznabilidad, de su aproximación al vacío sin fondo.



Una muestra de su destreza narrativa



Dios A las 5:30


Un viento malevo, sin ganas, vagaba por ahí.-¿A quién espera?-A Godot- le contesté rápidamente, sin darle mucha importancia.-¿Y quién es Godot?-Pues Dios -repuse con fastidio.-¿Godot?-Sí, señor, Godot.-¿Y por qué lo espera?-Porque todos quisiéramos tenerlo al frente y saber algo más de él -le dije-. Pero, mientras llega, si es que llega, espero también un abogado. Un abogado de la Procuraduría para ser exacto.El tombo me miró con desconfianza y con ánimo de atacar, ambas actitudes reunidas en rostro simple, de mestizo a medio pulir, como si la naturaleza hubiera terminado por contentarse dándole apenas una consistencia sietemesina. Finalmente, y obrando con inusitada sensatez, lo vi lanzarse calle abajo; y yo, para evitar el reencuentro, marché en sentido contrario al hallazgo de la noche






1.GÓMEZ JATTIN, Raúl. Retratos: amanecer en el Valle del Sinú del amor. Bogotá: Fundación Simón y Lola Guberek, 1988, p. 15
2.BUSTAMANTE, Guillermo. La última canción. En: Guillermo Bustamante: Como si esto de morir fuera una . farsa. Argenpress Cultural, marzo 31/ 2010