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lunes, 21 de diciembre de 2009

Cronica de viaje: Betulia, paraíso yariguíe

Crónica de viaje: Betulia, paraíso yariguíe




En Colombia hay tres toponímicos de Betulia: uno en la Costa, otro en el departamento de Antioquia, y el Betulia, de la tierra nuestra, que nos aprestábamos a visitar. No es extraño que haya tres Betulias -le escuché decir a Manuelito en eso de las seis de la tarde, del 18 de diciembre, en el corsa de mi hermana Luzmarina, cuando emprendíamos la marcha rumbo al sur del departamento-, si fueron los mismos españoles los que conquistaron y colonizaron éstas tierras a sangre y fuego y las evangelizaron a punta de biblia, cruz y curas doctrineros. Entonces le solté que Betulia debía responder a un nombre biblíco. Claro, de ahí lo tomaron, de la Biblia-adujo Manuelito, que había estudiado el bachillerato en el seminario para ser cura, pero terminó de Filósofo en una universidad pública, contra el querer de sus tías ricas, que siempre pensaron para su sobrino una profesión de más caché social-. En el libro de Judith, se nombra una ciudad similar a Betulia, remató mi filósofo de cabecera.


E
n el trayecto de Guatiguará a Chocoa, por carretera destapada (huecos y polvo en cantidades industriales), calentamos baterías con whisky vivo, puro. En el primer sorbo, sentí que me quemaba los entresijos, como si una sanguijuela me mordiera adentro del estómago. Manuelito, empalideció, este whisky está más bravo que mi mujer la wayú, soltamos entonces, una carcajada estruendosa, en el mismo momento en que una ráfaga de polvo ensopaba los vasos de plástico con restos de whisky aún. En el camino ya se sentía la alegría decembrina.

En Chocoa, en el municipio de Girón, el frontis de la iglesia iluminado y la gente reunida afuera, pensamos, hablaban ya de los aguinaldos y la novena. Paramos a dejar el registro del momento. El flash de la camára incendió la noche. Los parroquianos volvieron a mirar temerosos. Estaban reunidos, por otros menesteres, nos habíamos equivocado : no quieren que en estos lados les acomoden un relleno sanitario, que contaminará sus fundos y predios rurales, el aire ya no será el mismo, aspirarán mierda y tóxicos, habló manuelito, mientras se aplicaba hasta el fondo un amarillo, como él llama al whisky. Teníamos que aligerar el paso, pues en Betulia, otra hermana, la Juez Municipal, nos esperaba.

Más adelante de Chocoa, un buen trayecto de carretera pavimentada, los ojos puestos sobre el campo, no queríamos perdernos de ningún acontecimiento: el salto de una liebre, de un conejo silvestre, el estridular de las chicharras, el canto de los surrucucus, lechuzas, búhos, o como les dicen en la costa, mochuelos. La noche también tiene su vida en el campo.

Abajo se quedaba el río Suárez estrechado por el verano y los playones, mientras ascendíamos a Zapatoca, llamada la Ciudad Levítica, por el cultivo de seminaristas (hoy allí no se cocinan ni para remedio). Zapatoca, en la actualidad es la ciudad antiestrés, pueblo apacible, de clima benigno (fuerza el abrigo por el frío), que aspira a vivir del turismo, y quizá de los pollos de doña Leonor Serrano, quien ha hecho vida política en Bogotá, y ahora ha llenado de galpones las vecindades rurales de Zapatoca, como para recordarles a los zapatocas, que ella lo sigue siendo, porque vuelve por sus fueros, sin dejar a Bogotá, al traerles pollos, gallinaza y mierda contaminante, en cantidades industriales. Por lo menos, los zapatocas, no pueden quejarse: los pollos de doña Leonor, les hacen el favor de levantarlos bien madrugaditos con su sinfónico piar. Ya no necesitarán de relojes o celulares despertadores.

La carretera a Zapatoca, tiene trayectos sin pavimentar, soportables. De Zapatoca a Betulia, empinándose para luego descender al pueblo traganubes, la carretera es destapada. Se come polvo hasta por los codos. Pero el paisaje es impresionante, con las especies vegetales nativas, embellecidas por la niebla, cuando las nubes bajan, a darse de besos con las montañas. Betulia está encajonada; la impresión que da cuando se observa de día desde los éjidos de entrada, es que es un pueblo de casas regadas montaña abajo que algunas tienen que agarrarse de las laderas para no trastabillar. Cinco mil almas repartidas, entre gente urbana y rural, de espíritu agrario, y ahora fincando su destino en el turismo. El anillo turístico que se proyecta, partiendo de Bucaramanga (la capital del departamento), pasando por Zapatoca, Betulia, Galán, La Fuente, y el Socorro, bordeando la Hoya de Río Suárez, es la esperanza del pueblo traganubes, no sólo para que no se lo coma el tigre del abandono, sino para que se conserve su fauna y flora nativas. Por lo que no es raro que se haya resguardado la hacienda de Montebello, legendaria por la figura de Leo Von Lengerke, que se vino de Alemania, por un duelo amoroso, Magdalena arriba, y se bajó en Barrancabermeja, en tiempos de La colonia,(siglo XIX) para levantar su señorío en estas tierras de Zapatoca y Betulia, sembrándolas de caminos de piedra, y puentes colgantes, como ingeniero que era, y dejando su simiente en los cuerpos de las hermosas nativas, como buen padrón que también era, rió Manuelito con el apunte, mientras se fumaba un mentolado, y que no resistían el embrujo de sus ojos azules, me dije para mi coleto. Por eso, en estas tierra prima un dicho: ojiazul, descendiente seguro del culión Leo.


B
etulia
, fue territorio de los indios guanes y yariguíes. Estos últimos belicosos y aguerridos. Por eso no extraña que se hayan encontrado tumbas en sus montañas. De ahí, el cementerio indígena, que bordea el llamado Salto Blanco, donde Otoniel, soberano de estas tierras, con paciencia benedictina, ha abierto las tumbas para guardar la memoria de éstas culturas aborígenes, encerrándolas en especies de bohíos, construído senderos, levantado puentes en guadua, entechándolos en paja y palma, y conservado las especies nativas de estos lares, surcados por nacimientos prístinos de agua, que van al despeñadero a nivel, donde se vuelven chorros níveos, ante la mirada deslumbrada de quienes aún tenemos respeto por el mundo natural, en estos tiempos postmodernos, neoliberales y de globalización, donde sólo importan la competencia, la explotación de los recursos sin razón ni piedad, y el consumo desmedido.

A
Otoniel quedé de mandarle La Otra raya del Tigre, la novela de Pedro Gómez Valderrama, el narrador de más vuelo y universalidad de Santander, que recogió desde la fabulación la mítica figura del alemán Lengerke.
Aún en betulia se siente la candidez de las gentes. A uno le queda la impresión, que en esta comunidad de calles empedradas, donde se respira aire puro, y la tierra huele como lo decía el filósofo envigadeño, el brujo de otraparte, Fernando González, a mierda de vaca, es porque aún, eso que llaman ahora competencia y productividad, no ha destruído el alma de los betulianos. Todavía, aquí se hacen favores, y se cree en la palabra empeñada. Quizás por eso pervive un espíritu quintaesencialmente humano. Vivir aquí, no sé, por qué me trae a la memoria la aldea naciente de Macondo de Cien Años de Soledad. Aquí, antes que lo que se vive en las ciudades,de estar asistiendo a un echar a pique las cosas que nos hablan de nosotros y nos dan rostro, se experimenta un recobrar la materia de lo que somos hechos los santandereanos: franqueza y lealtad.



El domingo veinte, liando bártulos, para el retorno, mientras las nubes, caían tras pausas cortas, sobre el pueblo y las imponentes montañas vecinas, ya empezaba a matarnos la nostalgia, que nos dio por preguntar el valor de las casas, con sus fachadas pintadas de vivos colores, y adornadas de maceteros de flores de matices diversos. No quedaba sino el regreso. Lo grato es tan breve...pero no había de otra: volver a la ciudad con su fauna de carros,y buses, vomitando por sus exhostos CO2. El ceño se nos frunció, habíamos perdido la euforia del viernes cuando en medio de los whiskys, la salsa de Joe Arroyo, Willie Colón, y Fruko Tesos, sentíamos viva la aventura de Betulia. El regreso se hizo silencioso, silencio funerario.