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jueves, 21 de junio de 2007

LA MUJER DEL BARCITO EN LAS LUCAYAS

Marino rudo. Se había tragado los mares del mundo en periplos donde la aventura y el riesgo eran el destino. Bebió de los tragos más bravos, en puertos sombríos y crapulosos, en el acecho de hombres de barbas espinosas, en las oscuras calles, vecinas al muelle, con la falcada apretada entre los dedos, a la espera de una piel que cortar. Se acostó con las mujeres más dulces, que le dejaban tatuado el corazón de sentimientos gratos,y con las mujeres más bravas que se acaballaban sobre él, para hacerle el amor con violencia, mientras le mordían los labios con rabia fiera, para hacérselos sangrar, dejándole un recuerdo amargo en la memoria.
Los soles más caldeados tostaron su cara, antes alba, mientras cogía y ataba cabos, o se subía al palo mayor, para otear en el horizonte la proximidad de una isla donde calmar la sed de altamar. Las lunas plenas, menguadas y crecientes, y las estrellas tachonando los cielos le enseñaron los caminos más certeros en las noches del mar, que astrolabios, brújulas y sextantes, perdieron su utilidad, y fueron condenados al olvido.
En Hong Kong, puerto abierto al mundo, negros jamaiquinos que reventaban de musculatura su cuerpo, expertos en la lucha cuerpo a cuerpo, estibadores polacos que se envanecían de haber derribado con sus puños un caballo, mordieron el polvo, cuando el marino rudo, se encabronó de su jactancia, y les dió a conocer la bravura de sus puños.
En uno de sus viajes, por el archipiélago de Las Lucayas, una noche entibiada por la brisa, se bajó del barco, para calentarse con el fuerte ron de los lugareños. Sentada en la barra del bar, estaba la mujer de ojos azules y profundos como el mar. Esa que olía a monte silvestre, y se quedó mirándolo como si lo conociera de siempre. La misma que al rato lo llevó a la buhardilla del bar, de ventana abierta al mar y a la noche, y le entregó su cuerpo de salvajes exquisiteces.
A la mañana, al despertar el marino, en medio de la niebla que produce la resaca de los tragos, la mujer no estaba. Él pensó que había sido un sueño, pero ahí estaba en el colchón la huella del cuerpo de la mujer, y un calzoncito de seda, aún con los tibios humores de su sexo. El marino la buscó por todos los escondrijos de la isla mayor, y no la encontró. Luego, rodeó las islas menores del archipiélago, y no quedó vericueto, donde no hubiera metido las narices, pero la búsqueda fue también infructuosa.
El pesar de no encontrar a la mujer de olores silvestres y cuerpo salvaje, condenó al marino a la mayor de las amarguras, y ya no se le ve echado a la mar en busca de la aventura, ni trompeándose en los bares con los guapos, que entre lance y lance, y tragos de rones, le disputan a la muerte el honor de vivir.
Delgado, con el pelo en largas crenchas dándole en la cara, una armónica en la boca que desgrana canciones de despecho, una botella de ron y un cigarrillo, el marino que antes fuera rudo, apenas vive del recuerdo de ella. Aún conserva la esperanza, de que una noche entrará al bar de la Lucaya Mayor, y ella estará esperándolo, con sus profundos ojos marinos, su olor silvestre, y lo llevará a la buhardilla de nuevo. Entonces, él podrá regresarle el calzoncito que le dejó como prenda de que volvería.

1 comentario:

azpeitia dijo...

Lucayas o Bahamas, islas de ensueño, de aventuras como las que describes tan estupendamente. Tienes un estilo abierto, sincero sin tapujos directo al corazón del que te lee, me gusta hacerlo.
Aquí como tu marinero he llegado el primero...un abrazo de azpeitia