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miércoles, 6 de agosto de 2008

MARIO, CUATRO AÑOS CONTRA LA DESMEMORIA






Cuatro años de su muerte, pero sigue viva su imagen en el Café Kussy-Huayra. El café era él. Ahí estaban sus sueños, y en esa escuela de arte y de derechos humanos que lleva su nombre. Su sombra no se extingue. Ronda las noches cuando la poesía, la música, el teatro y el baile prenden sus fuegos en este café arte que se volvió un rincón entrañable.
Y fluyen sus versos, curados en los mostos de la precocidad. Se había adelantado a su edad. Aún no era mayor de edad cuando preñó los primeros versos que dejaba caer por ahí, como quien riega semillas de aliento para vivir, o quizás de desesperanza?
Sus años, cuando lo sorprendió la muerte, no llegaban a los dieciocho. Se piensa en él como un Andrés Caicedo contrapuesto: amante de la vida, y escribiendo tan joven aún con la madurez de poeta recio, que se observa en el poema A mi padre,de su libro, La Vendimia de los dioses, como en esos doloridos versos de Manrique (coplas), a la muerte de su padre:




A mi padre mi vida
A los cielos la muerte,
De la tierra provienen
Las membras matinales
Que nos lanzan al vacío
De arañar la torre de los encantos
O de un mundo cristalizado
Por el aurífero azar

Ha muerto mi padre
En la eclosión solar,
En la esferar alucinación
De una mañana que se propaga
En el tiempo, atascado
Por el recuerdo crepitante
De la negra aventura
De observar el agujero donde
Se hallan los huesos,
Donde sucumbe la carne,
Y el infierno de los dioses
Socaba la estridencia de un sueño gris.

El vergel de sustancias putrefactas
No tardó en invitarlo a su pileta
Se ahoga la braza en una saeta absurda
Y el féretro dormido
Culmina su paso al fondo,
Se vacía la arena de mi costado
Y también estoy en lo profundo
De un infierno iracundo.


La sombra persiste. Es ella la que no quiere el olvido de esa efigie del pelao de la boina negra, la mochila templada de versos apretados, libros desgastados por el pasar de las manos en las hojas donde se nutría del sueño de cielos estrellados en la noche de la mesa del pan para todos, o de amores y afectos, pieles encendidas de felicidad, porque el amor carnal y entrañable, como el del hermano ya serían la utopía hecha entidad, y mellada por el tiempo dejando en su piel el rastro de la piedra deslavazada por soles, lunas, fríos y lluvia.
De esa mochila, brotaban los poemas transidos de tantos colores, escuelas y movimientos, el surrealismo en el verso," vestigio de leopardo de azufre almidonado/ romance de escalera/ y arsenales devorados"; lírico entrañable, cuando, "mi oprimido corazón/se hace más hondo/ en la mirada fija/ de los objetos que han muerto hoy".
La incertidumbre, esa duda por una existencia que no satisface la ansiedad del ideal, también asaltaría sus versos. Quién no la ha vivido. La sombra que hoy memoramos la vivía en sus poemas, "De la paridad frenética en el péndulo tunante / Que se afinca tras un desconcierto ruborizado en el espectro de camina de prisa, voraz, agitado, también distante, /en un terror dividido por la certidumbre de circular las mismas aceras olvidadas, /Y el desvarió que a veces me corroe por la invitación a la vendimia cósmica/ de machacar el espiral de mis días".
Esa sombra, la de Mario, mayito, que no se pudo tragar el río Cimitarra, porque perdura como el viento enhebrando recuerdos, minando la desmemoria. Rosemberg, Nana, Diego, Eder, Velandia, Iván, Javier, Bibiana, Oscar...y los que se sabe que están ahí, que son muchos pero los nombres se traspapelan (disculpen la omisión), memorando en cada aniversario, y todos los días la parcería con Mario, se encargan de que el olvido no ponga los huevos de la ausencia, en el altar de su recuerdo.