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jueves, 21 de junio de 2007

CONVERSACIONES CON MI FILÓSOFO DE CABECERA, MANUELITO

Dicen por ahí las malas lenguas, que escritor o periodista que se respete tiene su filósofo de cabecera. Yo no podía quedarme atrás. Tengo a Manuelito, un cincuentón, pero con mucho brío, pelo alborotado a la manera de Einstein, el de la teoría de la relatividad, y el mismo que barruntó, que la Tercera guerra mundial sería con palos y piedras.
Manuelito tiene los ojos saltones (se le ven así por los lentes culo de botella que le permiten ver más allá de su miopía, para él, irremediable), con visos camaleónicos, pues según la situación le cambian de color:cuando es dramática se le ponen como brasas, si es dulce, se le tornan color miel, si está enamorado toman el color del trigo, en la instancia del odio y la rabia, adoptan el matiz del vitriolo, y si piensa, asumen el color del cielo o del mar.
Mi filósofo de cabecera, egresado de una prestigiosa universidad colombiana (unos dicen que es javeriano, porque a veces se le escapan aires de niño bien, otros que de la "nacho", porque en ocasiones le da por arremeter contra la burguesía colombiana), nunca se le escucha quejarse de "esa carrera inútil", como llaman sus tías a la filosofía. Le encanta el papel de filósofo, así le saquen en cara sus tías, que la tal filosofía (dicta clases de epistemología por ahí, en una universidad de medio pelo) sólo le sirva para ganarse lo de los cigarrillos y el tinto, que le fascinan como a los gringos las comidas rápidas y la Coca-kola. Manuelito no les para bolas a los dardos de sus tías sobre su profesión. Al fin, ellas tienen la razón, pues son las que me sostienen. Burguesitas ellas, con harta plata y abolengo, heredados de sus ancestros terratenientes y hacendados, negreros y explotadores de la miserable indiada en la colonia, y de los irredentos campesinos en la república, y principios del siglo veinte, agiotistas y chupasangres, especuladores y financistas en la segunda mitad del veinte, y principios de este veintiuno, informatizado y telecomunicable.
Ese, es Manuelito, mi filósofo de cabecera, a quien sus tías parecieran detestar, porque no estudió como ellas una carrera que le diera, en palabras del mismo Manuelito, "estrato social, y capital." Ellas no entienden el mundo, sin títulos nobiliarios y dinero. En ellas se juntan capital y clase. Pero soportan a Manuelito, porque con sus bluyines desteñidos de tanto ponérselos y lavarlos, con su camiseta negra desvaída, que el "che" Guevara con la barba ya blanca,parece más un santo de la hagiografía cristiana, que el célebre guerrillero argentino que ayudó a Fidel a entronizar la revolución marxista en la Habana, es en últimas lo que hubieran querido ser, y no esas solteronas, que no han conociodo varón (ganas aún no les faltan), porque los hombres que alguna vez las pretendieron, no llenaban las exigencias de su apellido y su dinero, y se quedaron para vestir santos.

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